—Pues el día en que usted necesite el dinero, me pasa una esquelita por persona de su confianza, diciendo cuánto y por qué tiempo; le envío yo la suma en efectivo con el documento para que tenga usted la bondad de firmarle; me le devuelve después... y santas pascuas. No necesita usted incomodarse.
—Es usted un hombre incomparable, señor don Santiago; y yo nunca pagaré bastante a nuestro amigo el señor Guzmán el favor de habérmele dado a conocer.
—No haga la señora marquesa, a fuerza de elogios, que tenga yo que echarlos a mala parte. Estoy acostumbrado a mucho menos.
—Pues no le dan a usted lo que merece; y le juro que no le digo más que lo que siento. Deme ahora su mano por despedida... Gracias. Y perdone si se la oprimo tan de veras, porque nunca se ha creído tan honrada la de esta su buena amiga.
En seguida, y mientras quedaba el droguero como fascinado, con los ojos muy abiertos y la mano en el aire, volviose hacia la Esfinge; la hizo una elegante reverencia; y, sin acabar de enderezar el talle, salió por donde había entrado, acompañada de unos cuantos campanillazos que se oyeron, en virtud de otros tantos tirones que dio a un cordón la Esfinge desde su asiento, para que abrieran la puerta de la escalera; de un sin fin de excusas del complaciente Núñez, y de estas pocas palabras entre dientes, con que la droguera contestó al saludo.
—...serrrvir a usted.
En cuanto se quedaron solos don Santiago y su mujer, se levantó ésta y abrió las vidrieras del balcón.
—¿Qué haces, alma de Dios?—preguntola el pobre hombre, a quien asustaban entonces los aires colados.
—Purificar esto. ¿No hueles la peste?
—Tienes grandes virtudes, Ramona—la dijo su marido cubriendo la rodilla enferma con el faldón del gabán—; pero en ciertas debilidades, eres incorregible... y tremenda.