—Pero aún es usted muy joven—expuso con la mejor de las intenciones y el más desastroso de los éxitos.

—Después de haberse casi solemnizado un contrato entre los dos, no debía usted ignorar que... soy viuda.

Esto tuvo que responder la dama, con iguales repugnancias que si descubriera con ello toda la urdimbre de aquel tejido de enormidades que se llamó su casamiento, con sus cenagosos y consiguientes antecedentes.

—¡Bestia de mí!—exclamó el sencillo burgalés, dándose con las dos manos en la frente—. ¡Pues no me había olvidado?... Perdone usted, señora marquesa, esta distracción, que, bien mirada, no es de extrañar. En oyendo hablar de hijos, ya está todo en mi cabeza patas arriba.

«¡Viuda y con ese pelaje y la vida que trae!...», dijo en sus adentros la Esfinge (que no había caído tampoco en lo olvidado por su marido, y no estaba tan obligada como él a recordarlo), y enviando el dicho a la marquesa en una mirada fulminante.

La marquesa había perdido el tino ya. No salía de un bochorno sin verse presa de otro mayor. Pensaba haber dado de improviso en la charca de sus pesadillas, y que aquel empecatado matrimonio se deleitaba en zambullirla en lo más hediondo de ella. Y era de admirar que el caso, con tanto como le dolía, no la indignaba contra nadie. ¿Por qué echar la culpa a quien no la tenía? La culpa estaba en ella, en ella sola, y el peso de esa culpa era lo que la turbaba y remordía. En aquel instante hubiera trocado su belleza, su juventud, sus galas y los encantos de su mundo, por la fealdad y la tristeza y la soledad de la Esfinge, si con todo esto le daba también el sosiego de su conciencia. Porque era una triste gracia que una señorona como ella lo pudiera todo, menos hablar de cosas tan triviales delante de un matrimonio de drogueros, sin caérsele la cara de vergüenza.

Por salir cuanto antes de esta mortificación, se levantó rápidamente de su asiento, y dijo con aire de querer echar el asunto hacia otra parte:

—Es harto triste esta materia, que a ustedes les trae muy amargos recuerdos y a mí muy negros temores. Dejémoslo aquí, si les parece; y pues que no me sobra el tiempo tampoco, tenga el señor don Santiago la bondad de decirme en qué quedamos de nuestro negocio.

—Pues en lo dicho, señora marquesa, si usted no dispone otras bases más a su gusto.

—Yo acepto cuantas usted estime por buenas y equitativas.