—Parece que duele ahí—repuso la Esfinge, bajando otra vez la mirada a su calceta—, y sólo con el supuesto. ¿Cómo será el dolor cuando los hijos se mueran de veras!
—¿Le ha sentido usted, a lo que veo?—se atrevió a decir la marquesa, medio aturdida bajo el peso de aquel inesperado incidente promovido por tan extraño ser.
—Nueve veces, señora—respondió tétrica, sepulcralmente, la Esfinge—; nueve... ¡nueve mil puñaladas! Para las últimas, no había en el corazón un sitio sin una herida ensangrentada.
Ya no le parecía a la marquesa tan fea ni tan extraña aquella mujer. La carga de tales y de tantos dolores lo justificaba todo a sus ojos. Volviolos de pronto a don Santiago, sin atreverse a hacer a ninguno de los dos un a pregunta que se le escapaba de los labios; y como si la hubiera leído allí, dijo el pobre hombre:
—Nos queda un hijo solo... Eso sí: vale, por bueno y por gallardo, los nueve que le han precedido, por mucho que éstos valieran; pero por lo mismo que es solo y vale tanto, ¡qué miedos tan horribles de perderle!
—O de que se pierda, ¿no es verdad?—añadió aquí la marquesa, con un vigor de acento y de mirada que sorprendieron a la Esfinge misma.
—¿Cuántos tiene usted?—la preguntó ésta.
—También uno solo... Una hija.
—Pues no eche usted en olvido—continuó la mujer sombría—que el honor de las hijas depende del buen ejemplo de las madres.
Don Santiago acudió rápidamente a suavizar el efecto que esta nueva aspereza de su terrible mujer pudiera haber causado (y causádole había muy hondo) en la marquesa, dando otro giro al diálogo.