—Porque abusando, abusando... En fin, señora marquesa, ya he tenido el honor de manifestar a usted hasta dónde me interesan las necesidades del prójimo, y desde dónde comienzan a parecerme abominables, y cuál es mi modo de proceder en cada uno de los casos.
—Pues bien, señor Núñez—dijo entonces la dama con inequívoca lealtad—, he querido estirar el ejemplo hasta este límite, porque en eso mismo con que otra dama, por un falso pundonor, se ofendería, hallo yo un goce que jamás he saboreado.
—No me lo explico.
—Ni es fácil, porque entre ustedes, quiero decir, entre las gentes de su condición de usted, lo que yo he encontrado aquí no es un hallazgo.
—Si usted se explicara más, señora marquesa...
—No hay para qué, señor don Santiago. Yo me entiendo bien, y esto sobra para mí. Para usted, bástele la seguridad de que no he de encomendar a la justicia el trabajo de liquidar las cuentas entre ambos. Podré ser gastadora, pero no desagradecida.
La Esfinge la miró entonces con ojos de curiosidad. Parecía sentir temores de hallar algo bueno en aquella mujer. De pronto la preguntó:
—¿Ha perdido usted algún hijo?
Como si estas palabras fueran un rayo que la marquesa hubiera visto sobre la cabeza de Luz, contestó estremeciéndose toda:
—¡Ni Dios lo permita!