—La firma de la señora marquesa, y nada más, con el plazo que desee y el interés que ella marque, si le parece mucho el seis por ciento.
—¿Y si me viera yo precisada, más adelante, a acudir a usted con idéntico motivo que hoy?
—En ese caso, señora marquesa, sucedería, sobre poco más o menos, lo mismo que está sucediendo ahora.
—¿Y si continuaran mis visitas a esta casa por no cesar los motivos?
—Ya sabe la señora marquesa que, sin la enfermedad que me impide salir de aquí, la hubiera ahorrado yo la molestia de visitarme.
—Muchas gracias, señor Núñez; pero es igual para mi ejemplo que yo le visite a usted, o que usted me visite a mí.
—Concedido.
—¿Y bien?
—En castellano claro y por derecho, señora marquesa, pues creo haber penetrado la intención de usted al hacerme esas preguntas: yo no la he de malvender a usted jamás sus propiedades: en primer lugar, porque no la considero capaz de abusar de mi buena fe hasta el punto de arrastrarme a aquel extremo, y después, porque, aunque lo fuera, tampoco lo conseguiría.
—¿Por qué?