—Nada hay en el relato de usted, mi distinguida y respetable señora, que merezca esa pena tan dura. Gastar en ocasiones un poco más de lo que se puede, no es una virtud, ciertamente; pero tampoco un horror de esos horrores de que yo hablaba. Las cosas en su punto. Conviene distinguir, y es de justicia que se distinga. La recomendación del señor de Guzmán nos ha abreviado el camino, sin duda alguna; pero le aseguro a usted que sin ella hubiéramos llegado también al punto a donde desea llegar la señora marquesa, y le aguarda para recibir sus órdenes este su inútil servidor.
—Acepto de todo corazón la excusa, señor Núñez—respondió la dama con una sonrisa que confirmaba la sinceridad de lo que decía—, hasta como modelo de excusas corteses y delicadas...
La Esfinge cortó aquí los cumplidos con el espadón de su palabra de hierro, y lanzó a su marido otra ojeada con la que le pedía estrecha cuenta de aquellas sus debilidades. La marquesa se dio por entendida con un movimiento de cabeza dirigido a la mujer, tan lleno de donaire como de mala intención, y dijo, volviéndose hacia don Santiago, que estaba en ascuas con las genialidades de aquélla:
—¿Me permite usted que concretemos un poco más el punto de mis pretensiones para que nos entendamos mejor?
—Repito a la señora marquesa que estoy enteramente a sus órdenes.
—Figúrese usted que yo necesitara dentro de ocho días..., mañana..., hoy mismo, una cantidad determinada...
—¿Cuánto? Porque, como he tenido el honor de advertir hace un momento a la señora marquesa...
—Por lo mismo que no lo he olvidado, iba a fijar la cantidad cuanto usted me ha interrumpido. Pongámosla en números redondos: tres mil duros.
—Puedo con ellos, y los tendría usted.
—¿Garantías?