—¿Es cierto que le has oído?

—¿Pues de qué le conocería, si no?

—¡Qué temeridades, Dios mío! ¿Por qué hará una estas cosas!—exclamó entonces la dama sinceramente espantada de su propia labor. De pronto se trocó su espanto en ira, y lanzó a la faz de su amigo estas frases:

—¡Y pensar que yo no había nacido para eso!, ¡que estoy en ello porque a ello me han arrastrado contra mi voluntad, y que la única persona que me pide cuentas de mi caída sea la que más fuerte me empujó para caer!

—¿Eso es un cargo para mí?

—Es un cargo para ti, porque no puede ser otra cosa cada grito que me arranca esta herida hecha por tu mano, y que no acaba nunca de cicatrizarse.

—¡Ay de ti y de tu hija inocente el día en que esa herida no te duela!

—¿Qué quieres decirme, consejero de Satanás?

—Que no cabe avenencia entre tus inquietudes de madre cariñosa y tus... locuras de mujer mundana; y que tienes que decidirte pronto por lo mejor, en la inteligencia de que ambas cosas dentro de ti no han de tardar en producir el mismo fruto que si te decidieras por lo más malo.

—¿Qué fruto?