—¿Vale?

Respondíanla que sí.

—Pues que venga.

Y valer, en aquellas ocasiones, significaba ser cualquier cosa, menos hombre indigestamente grave, corto de genio, feo sin gracia, ignorante sin osadía, galán ruboroso..., y así por el estilo; porque allí, hasta el saber macizo y serio había de derramarse en dosis muy concentradas y con mucha sal y pimienta: todo menos la pesadez y la petulancia. Y valiendo, todo era lícito con tal de estar bien hecho; la grosería en las formas estaba igualmente proscrita. En el pensamiento, no tanto.

Dicen los que lo conocieron, que aquello tuvo que oír... y que ver; y lo llamo aquello, porque no sé qué nombre darlo. La marquesa, por llamarlo de algún modo, lo llamaba tés íntimos; pero es lo cierto que aunque todas las noches del invierno, ya muy cerca de la madrugada, había ese en su casa, aquello no tenía horas fijas ni aspectos determinados, y chisporroteaba de mil modos: entre pocos, entre muchos, en tertulia plena, con media docena de ellos convidados a comer, o con otros tantos al humor de la chimenea a cualquier hora de la tarde. Más que té, era al modo de sierpe de muchas cabezas que alcanzaba con la punta de la cola a muchas cosas y a muchas partes..., hasta las casas de Leticia y de Sagrario. Porque estas dos criaturas de tan buen estómago, en cuanto lo cataron en la de la marquesa pidieron el turno correspondiente; y no era cosa de que las desairaran aquellos hombres tan corteses y campechanos de suyo.

Como en estas reuniones de imponderable confianza se vivía en perpetuo comercio de malas intenciones, de malicias y de travesuras de lenguaje, el natural ingenio de la marquesa adquirió gran desarrollo, y su bien acreditado humorismo se empapó en nuevos y más picantes jugos. Llegó a tener frases felices y a pintarse sola para crucificar en una semblanza a un prójimo desventurado, o para hacer en otro marca indeleble con un dicho que repetía después todo Madrid. De aquella fábrica salieron tantos y tantos que aún continúan siendo famosos entre las gentes encogolladas, vagabundos de levita y estudiantes desaplicados.

Por entonces comenzó a llamársela la Montálvez, llaneza que acreditaba su bien adquirida popularidad, como en otro tiempo la había acreditado, entre la juventud de rechupete, otra llaneza, algo más fina y culta: Nica Montálvez. Lo cierto es que Madrid se llenó de cosas de la Montálvez, y que hasta las que rodaban por tertulias y cafés sin madre conocida, se le atribuían a ella. Privilegio de las popularidades bien fundadas.

Su casa, por las gentes que la frecuentaban, llegó a ser registro exacto de los secretos pecaminosos, hazañas y picardías de todo Madrid: allí se conocía la clave de los misterios, chicos y grandes, de la política fullera, y el hilo de muchas marañas inexplicables de la Hacienda pública; había palancas para remover obstáculos que las gentes legas conceptuaban irremovibles, y el don de muchos prodigios de fortuna en todas las carreras del Estado, que dejan atónito y confuso al vulgo sencillote.

Los maldicientes que se creían mejor informados, referían de las tres Gracias verdaderas enormidades en los corrillos del público voraz. Las tres Gracias, y por añadidura en conserva, eran las tres viudas verdes: en una palabra, la Montálvez y sus dos amigas Leticia y Sagrario. De cada una de ellas se contaban anécdotas que ardían; caprichos libidinosos que traían su filiación de la Roma corrompida de los Césares.

No niega fundamento la Montálvez a estos rumores, pero se sacude violentamente de ciertos hechos; y quiere que conste que todos los comprobables de aquel calibre pertenecen a Leticia y a Sagrario. La misma salvedad hace con respecto a los dichos. De éstos, unos eran referentes a personas y otros a cosas; unos, al modo de dictámenes; otros, al de motes y semblanzas; los había cruelmente ingeniosos, y los había también indecentes. Se atribuye gran parte de los primeros; pero rechaza hasta con asco la propiedad de los segundos.