Y la creo, no solamente por el valor con que se acusa de otras cosas bien graves, sino porque había en su naturaleza un componente pudoroso que la impedía ser grosera: y hasta como pecadora, lo fue sin el aguijón del apetito; y por eso quiere que se la tache por lujo de pecar, pero no por lujosa en el pecado. Lo primero no edifica, seguramente; pero tampoco degrada ni corrompe tanto como lo segundo.

Por ese lado se explica también que, entre las tres cómplices de estas fechorías, fuera ella la que se cansó primero, o, mejor dicho, la única que se cansó; porque las otras dos no se cansaron pizca: al contrario, deshecha la mancomunidad que sostenía a las tres en cierto orden de equilibrio, cayeron Sagrario y Leticia, por su propio peso, despeñadas hasta lo más hondo, aunque cada cual a su manera: Sagrario fue siempre la mujer de los caprichos estrepitosos; Leticia el modelo de las caprichosas solapadas y de las amigas temibles. Se la atribuían hasta perfidias de tan mala casta, que rayaban en crueldades. Serían o no serían ciertas: la marquesa cree que sí, porque tuvo grandes y especiales motivos para no dudarlo.

Como tampoco duda, antes confirma terminantemente, lo que ya sabíamos por Manolo Casa-Vieja: que era muy avara; pero, según la marquesa, avara de la peor especie: tenía el vicio del trapicheo, y media docena de comadres negociando de su cuenta, por las casas de vecindad, sus vestidos de desecho y hasta los trastos de la cocina. En este bajo comercio era tramposa y desleal; y se desvivía y aguzaba el ingenio por el gusto de robar media peseta a una chula en un dije de similor. Creíase que eran muy mal adquiridas muchas cosas de mérito que se admiraban en su casa, particularmente obras de arte; y maravillaba el lujo de raterías que se daba por empleado para apoderarse de ellas. ¡Y esta mujer tenía un caudal enorme y era espléndida en sus gastos! Hay muchas almas de alquimia que tienen roñas así.

Volviendo a la marquesa, digo que ese azaroso tramo de su vida pecadora duró seis años.

Guzmán, que era por entonces un señor bastante gordo y entrecano, pero siempre de gran ver, iba poco, muy poco, por la casa de su amiga; y cuando iba, era para reprenderla.

—Te empeñas en que te oiga—la dijo más de una vez—, y al fin te oirá. Y aunque no llegue a oírte, por el rastro que va dejando aquí la vida que haces, tendrá que conocerla.

—Es el último estruendo de ella—respondía la pecadora sonriendo—. No lo dudes: estoy preparándome para ser juiciosa.

De tarde en cuando desaparecía por una temporadita para visitar a Luz. Dos veces la trajo a Madrid durante aquellos seis años, pero por muy pocos días; y entonces fue su casa un modelo de sosiego y de buen orden. Se la presentaba a sus amigas menos temibles, y la llevaba consigo a algunos sitios de recreo.

Entre la primera y la segunda venida a España dio Luz un estirón que sorprendió mucho a su madre. La encontró hecha una mozuela que se salía de sus angostos hábitos de colegiala. Se lo hicieron notar también sus amigas de Madrid; y la dijeron que era un pecado mortal no vestirla ya «de señorita» y no sacarla del encierro donde no parecía bien.

La marquesa comprendía demasiado que sus amigos tenían razón; pero ella las tenía también muy respetables para echar por otros caminos diferentes; y por eso llevó a Luz a Francia otra vez, donde nunca había estado como verdadera colegiala.