Desde este viaje es cuando apareció la Montálvez notablemente transformada.
Con disculpas bien buscadas, fue disolviendo sus tés íntimos y sus tertulias verdes, y escatimando su asistencia a las de sus amigas. No por ello se hizo huraña ni melancólica; pero si muy escogida en las personas para el trato continuo, y muy sobria en los recreos de puertas afuera.
Rebasaba ya bastante de los cuarenta años: había dado de repente el bajón de que no se libra bicho viviente, por mucho que se emperejile y se defienda; y a este fracaso se atribuyó la retirada, creyendo que la Montálvez se apresuraba a dejar el mundo antes que el mundo la dejara a ella.
No era cierta la suposición ni bien fundado el motivo. A la marquesa le quedaba todavía un otoño muy agradable que explotar, si hubiera querido apurar las cosechas hasta la vendimia inclusive. Contaba aún con muchos, con muchísimos golosos; porque más varios que las estaciones de la vida son los gustos de los hombres viciosos y desarreglados. Dijéranlo, si no, sus compañeras de glorias y fatigas mundanas, Sagrario y Leticia: más invernizas y deshojadas que ella iban poniéndose, miradas a buena luz, y aún triunfaban y lucían y se consideraban a lo mejor del camino, soñando, porque volvían la espalda al invierno que las espantaba, que corrían hacia la primavera.
No se fundaba, pues, la resolución de la Montálvez en aquel fracaso de su belleza, aun que coincidió con él.
Ya se sabe que no estaba formada del peor de los barros posibles; que no entraba el vicio como verdadera necesidad en su naturaleza, y que, aunque la divertía ser viciosa, no la llenaba. Desde que nació su hija, luchaban en ella dos pasiones que se aborrecían como el perro y el gato, una buena y otra mala: la de madre escrupulosa y amante, y la de mujer de mundo, alegre y despreocupada. Mientras la hija estuvo en edad de vivir escondida, la madre pudo entregarse de lleno a sus placeres mundanos; pero llegada la hora de traer a Luz a su lado, tenía que decidirse por el gato o por el perro; y esa hora llegó, y la madre escrupulosa triunfó sin lucha de la mujer liviana. Cierto que Luz estuvo en el escondrijo dos años más de lo justo; cierto que el momento de decidirse la madre ocurrió en aquella crisis de su edad y después de un hartazgo de desórdenes que bien pudiera tomarse por el hartazgo de Marta; cierto es igualmente que en estas coincidencias hay base sobrada, tomando las cosas en su primer aspecto, para la suposición de las gentes; pero es la pura verdad también lo que yo afirmo con el testimonio de la marquesa misma, y a esta opinión hay que atenerse.
Puede haber quien pregunte: «Y si el momento de decidirse hubiera ocurrido cuando tenía la marquesa seis años menos, ¿por cuál de las dos pasiones se habría decidido?»
Paréceme la pregunta un exceso de curiosidad y un lujo de mala fe; pero conste que yo me inclino a lo más favorable para aquella dama, cuyo desmedido amor a su hija daba para ello y otro tanto más.
Volviendo a lo que importa y dejándonos de escarbar tan adentro, porque, si a eso fuéramos, sabe Dios qué cosas se hallarían en el alma de muchos que creen tenerla como los ampos de la nieve, digo que la transformación de la marquesa después de llevar a Francia por última vez a su hija fue tan de veras, que no se contentó con deshacer sus tertulias y despejar la casa de gentes nocivas a la buena moral, sino que, en cuanto la puso en orden, se consagró a orearla y a limpiarla de todo rastro de impurezas. Hasta de sus propios resabios trataba de sacudirse, se le figuraba que de sus fechorías más recientes le quedaban algunos en el estilo, y temía que por aquellas espumas se descubrieran, las pasadas tempestades. ¡Mujer más singular!
Estos preparativos duraron cerca de dos años, y aun con este paréntesis no se creía bastante alejada de sus últimas locuras para no temer que, cuando menos lo pensara, se le prendiera alguna en el vestido.