Tardó bastante, pero lo expuso bien, sin ocultar un ápice de cuanto sabía. De todo habló, unas veces conmovido y otras veces animoso, pero siempre con buen arte; y Leticia, mientras le estaba oyendo, parecía devorarle con los ojos. Tanto le interesaba la relación.

—Y bien—le dijo, muy cariñosa, cuando ésta fue acabada—, ¿qué me toca hacer a mí en ese triste proceso? ¿De qué modo puedo yo tener la suerte de hacer algo por la causa de usted?

—Por de pronto—respondió Ángel—, diciéndome (porque usted debe saberlo, o no lo sabe nadie) qué hay de cierto en lo que se refiere de la marquesa de Montálvez; si es o no tan... pecadora como se la pinta.

Leticia bajó algo la cabeza, sin dejar de sonreírse, y se rascó un poquitín la sien derecha con un dedo, muy mono por cierto. Después se enderezó; y mirando valientemente a los ojos mismos, grandes, negros y melancólicos, de su interlocutor, respondiole:

—En eso de rumores públicos, ¡es tan difícil saber a qué atenerse! ¡Se abusa tanto de ellos!... A Cristo le crucificaron, conque figúrese usted.

Y Ángel tuvo que sonreírse, porque a ello le obligaron esta salida y la singular expresión de que fue acompañada.

—No es broma, aunque lo parezca—añadió Leticia—. Las gentes son así: por natural inclinación, muy malas; y el resobado símil de la bola de nieve, es la pura verdad a cada hora del día. No afirmaré que mi amiga sea una santa; ¿quién lo es ya hoy, tal y como van las cosas en el mundo! Pero entre no ser santa y lo que de ella se dice... El caso de Guzmán, por ejemplo..., ¿en qué le fundan? En amistades íntimas del tiempo de las mocedades de los dos, ¡como si Guzmán no hubiera sido antes amigo de otras mujeres!, y en cierta semejanza de fisonomía, que yo no veo, entre Luz y él, y que, aunque exista, nada resuelve... Luz se parece a Guzmán por una casualidad, como pudo parecerse al Nuncio. ¿Y también en este caso íbamos a suponer...? ¡Pues decente estaría! En fin, que lo de Guzmán puede ser y puede no ser. Yo creo que no lo es. Lo de su marido... ¿Le eligió ella, por ventura? ¿No se le impusieron? Y ¿en qué se diferencia ese pobre hombre, tan difamado, de otros muchos ladrones muy respetables que yo conozco? Pues únicamente en que fue más torpe que éstos en el oficio de robar. De modo que, a juzgar por lo que se ve en estos y otros varios ejemplos que citar pudiera, la opinión pública sólo castiga a los grandes bribones cuando no saben serlo. ¡Y a este tribunal sin conciencia ha de someter usted los honrados consejos de la suya?

—Pues eso mismo pienso yo—exclamó Ángel, enardecido con aquel dictamen tan favorable a su causa.

—Y piensa usted como un sabio—añadió Leticia—y, además, como un valiente; porque valor se necesita para seguir pensando bien entre gentes que piensan y obran tan mal.

—Y de todo lo restante que se refiere de la marquesa—dijo el impresionable mozo, más impaciente por llegar a donde deseaba cuanto más llano le ponía el camino su amable interlocutora—, ¿puede presumirse también...?