—¿Que tiene escasos fundamentos de verdad?

—Eso mismo...

—Con grandísimas razones. ¿Quién lo ha visto? ¿Quién puede certificar de ello?... Mire usted: la mayor parte de lo que se dice en ese sentido, procede de aspirantes desairados; el resto lo inventan los que ni para ese triste papel sirven. Los afortunados, cuando los hay, se guardan muy bien de decirlo; porque si los hubiera, lo publicaran, serían unos majaderos; y la marquesa tiene sobrado buen gusto para que, resuelta a perderse, se dejara caer en tales manos.

—Eso me parece a mí también.

—Y eso es lo que debe parecerle a usted, porque es de sentido común. Así sucede tan a menudo que de ciertas mujeres pecadoras todo se cuenta menos la verdad... Porque hay mujeres pecadoras, ¡y muy pecadoras, amigo mío!

—¿Quién lo duda!

—Y las hay de todos los linajes: por pasión, por temperamento, por lujo, por moda..., hasta por necesidad; pero ninguna es tan necia que publique sus propios pecados por el gusto de dar cebo a las lenguas maldicientes, y la menos aprensiva trata, por egoísmo de viciosa, de no quitar al pecado el incentivo del secreto. De igual modo tienen que proceder sus cómplices; porque si la misma causa no les indujera a ello, les obligaría, como ya le dije a usted, la necesidad de ser reservados si querían ser favorecidos. También esto es de sentido común. Hay excepciones en la regla, como en todas las demás; pero las excepciones solas no dan bastante materia, en el caso de mi amiga, para formar un proceso tan voluminoso como el que el público le ha formado a ella..., y a otras amigas suyas también. De modo que, por el precepto establecido, si en la vida de la marquesa de Montálvez hay pecados de esa especie, o son muy pocos, o no los conoce el público.

—¿Y eso es lo que debo creer?—preguntó Ángel con el ansia de todos los que temen que no sea bastante cierto lo que se les asegura.

—Pues ¿para qué se lo estoy contando?—respondiole Leticia riéndose muy de veras.—¿O piensa usted que me divierto en engañarle?

—¡Eso no!—repuso el vehemente mozo, temiendo haber dicho una impertinencia—, porque es usted demasiado buena para hallar gusto en tales entretenimientos.