»—Ya sé por qué no ha vuelto desde entonces...
»—Y ¿qué es lo que sabes, hija mía?—preguntela con el alma suspensa.
»—¡Todo..., todo! Pero es una cosa enorme... que yo no quisiera creer..., que no la creo—respondió estremeciéndose; y en seguida, con un timbre de voz indefinible, porque me sonaba a todo lo siniestro, desde la maldición hasta el quejido, preguntome, con sus ojos anhelantes fijos en los míos asombrados—: Dime, madre, ¿es verdad que tú eres... mala?
»—¡Mala yo, hija de mi vida!—exclamé bajo la sensación de un escalofrío mortal—. Pues ¿no me conoces todavía? ¿No sabes lo que te quiero..., cómo te trato?...
»—¡No es eso, no, lo que yo te pregunto!—añadió con una entereza y una decisión que me aterraron—: te pregunto si es verdad que eres mala, pero mala... de otro modo..., ¡mala mujer!
«¡Ciega yo, torpe mil veces, que, con pensar tanto en ello a todas horas, no sospeché de qué se trataba entonces hasta que sonaron en mi oído estas tremendas palabras!
»Dicen que dos grandes poetas han apurado todos los horrores que caben en la imaginación para pintar los tormentos que padecen los condenados en el infierno. Es imposible que entre tantos suplicios imaginados haya uno solo comparable al que yo padecí en aquel terrible instante. Espantábame el siniestro resonar de aquella afrentosa pregunta en una boca tan casta; pero aún me atormentaba más la vergüenza de merecerla.
»No sé si por eludir la contestación con una evasiva, tregua ilusoria de un condenado a muerte delante ya del patíbulo, o porque así lo pedía el tumulto de mis ideas, dejando a la pobre niña en las garras de sus dudas mortales, atrevime a preguntarla, aparentando un valor que no tenía:
»—¿Quién te ha dicho eso?
»—Esta carta—me respondió, entregándome el papel que traía en la mano.