»—¿Cuándo la has recibido y de quién es?
»—No tiene firma ni fecha, y la he recibido poco antes de entrar aquí. Me la trajeron de su parte; de parte de él...
»—Justo, para que, como cosa suya, cayera en tus manos y no en las mías. ¿Y tú crees que sea obra de Ángel?
»—Ángel podía llegar a olvidarme, pero no a herirme de este modo.
»¡Y todo este diálogo, con mucho más que no hay para qué reproducir, le sostenía yo para ir alejando el instante de fijar la vista en el papel, que me abrasaba las manos! Fuera de quien fuera, ¿qué más daba, si era la delación de mis delitos al juez que más me intimidaba en el mundo!
»Al fin, puse mis ojos en la carta, y tuve alientos para enterarme de todo su contenido. ¡Qué infamia! ¡Y yo dudaba poco antes que hubiera almas bastante viles para cometerlas tan grandes como aquella!
»La letra estaba desfigurada; pero así y todo, yo veía en aquellos renglones contrahechos, sobre la fina superficie del papel, un cierto tufo diabólico, un rastro que me delataba una mano conocida que no acababa yo de descubrir.
»Pero allí constaba todo, ¡todo! ¡Y con qué astucia más infernal! El móvil de la carta parecía ser un hermoso sentimiento de cariño a los dos enamorados. Luz podía estar inquieta por las ausencias no explicadas de Ángel; podía hasta desconfiar de su lealtad; y por eso y porque se suponía a Luz enterada de la historia de su madre, se la hacia saber lo que le pasaba al pobre chico. Sus padres me conocían al pormenor, ya hacía tiempo; y al hablarles el hijo de sus propósitos de casamiento con Luz, le habían presentado como obstáculos insuperables..., y aquí empezaba la lista minuciosa de todos mis pecados, reales y supuestos; con un lujo de colorido sobre sus calidades y resonancia, que no había más que pedir. El oprobio de mi casamiento se escapaba del papel. Donde más se podía escandalizar la inocencia y el candor de la hija, allí se hundía el trazo para afrentar más a la madre. Y esta sarta de iniquidades se hacía para venir a parar a que, no siendo el asunto tan grave como a Ángel se le antojaba, muy pronto se vencería el estorbo, reflexionando los padres que faltas como las mías eran demasiado corrientes y toleradas en el mundo, para que se opusieran como impedimento a la felicidad de dos enamorados tan dignos de ser felices.
»Todo esto leí; de todo esto me enteré, gastando en ello todas las fuerzas de mi voluntad. Pero era preciso hablar, responder de algún modo a aquellos cargos terribles; y para esta empresa ya no tuve alientos. Luz, entretanto, continuaba pidiéndome una respuesta con los ojos. ¡No los apartaba de mí! Estaba trémula, convulsa, la desdichada.
»¡Cómo ciega y aturde el peso de una conciencia cargada de iniquidades! Yo, la mujer desenvuelta, fría y despreocupada de los salones; la dama de los grandes recursos para la intriga; la afamada humorista de las ocurrencias felices, ni siquiera di en el sencillo intento de deshacer con una negativa terminante aquella tempestad de desdichas que bramaba sobre mi cabeza..., porque me hubiera bastado eso solo para conseguirlo: después me he convencido de ello pensándolo con serenidad. Pero entonces, en las pocas preguntas y en la actitud indescriptible de mi hija, yo no sé qué oí, qué vi de extraño, de sobrenatural, como si fuera el rayo de la justicia de Dios que comenzara a castigarme.