»—¿Vas a salir?
»—Sí, hija mía—respondí.
»—¿Adónde?
»—Muy cerca..., para un asunto que nos interesa..., que te interesa a ti, sobre todo.
»Se encogió de hombros y volvió la cara hacia el balcón. La silla que yo ocupaba era más alta de asiento que su butaca: de modo que su cabeza quedaba algo más baja que la mía. Siempre que yo me separaba de Luz con cualquier motivo, nos dábamos un beso... ¡Qué hambre tenía yo del beso de aquel día! No atreviéndome a pedírsele ni pudiéndome resignar a irme sin él, quise robarle con una astucia, a la cual se prestaba la diferencia de alturas de nuestros asientos. Me fui deslizando del mío poco a poco, y bajando, bajando, hasta verme de rodillas delante de ella. ¡Aquel era mi puesto!, ¡así debía estar yo, y más abajo todavía, y pisoteada por sus pies! Fingí hacer lo que hacía para observar más a mi gusto su cara.
»—Estás casi en ayunas—la dije—, y necesitas tomar algo que te conforte... ¿Quieres que almorcemos antes de salir yo?..., porque ya es hora.
»—Estoy muy bien—me respondió impasible.—No necesito nada, sino quietud... y silencio.
»—De manera que yo he venido a molestarte... Perdóname por la buena intención que tuve... Como voy a salir..., me dejé llevar de la costumbre: ya sabes cuál es...
»Y la miraba a través del velo de la mantilla que me había echado sobre la cara.
»—No me molestas—me dijo sin acercar la suya tanto como yo quería.