»—Pero tampoco me necesitas, ¿no es cierto?—repliqué devorándola con los ojos.

»—Y ¿sé yo—respondiome sacudida por una gran emoción—qué es lo que deseo ni qué es lo que necesito; qué es lo que menos me daña ni lo que más me conviene!... ¡Si todo me parece ahora del mismo sabor!

»Acudí presurosa a contener aquel torrente de dolor que se desbordaba, con los pocos recursos de que podía disponer.

»—Cierto, cierto—la dije, acariciando una de sus manos, que había cogido entre las mías—, y yo soy una imprudente, una egoísta, preguntando esas cosas... Ya vendrá tiempo de tratarlas como se debe; y para que llegue cuanto antes, voy a salir en seguida... Porque ya te dije que iba a salir..., ¿lo has olvidado?

»—No.

»En esto avisaron que el coche aguardaba.

»Ya lo oyes—la dije, acercando más todavía mi cara a la, suya—, y si he de volver pronto... Conque ánimo, que Dios, aunque aprieta, nunca ahoga... En cuanto vuelva, dentro de una hora lo más, te informaré de todo lo que me haya ocurrido... Será bueno para ti..., para las dos, no lo dudes. Entre tanto, dejaré advertido que te den una sopita clara..., un caldo siquiera..., porque no puedes estar así... ¡Ea!, adiós, hija mía...

»Pero yo no me incorporaba ni alejaba mi cara de la suya.

»—Adiós—me dijo, al fin, estampando un beso, frío y maquinal, en mi frente.

»Pero así y todo, me pareció aquel beso un regalo celestial; hízome la impresión de un rocío benéfico en la sequedad de mis amarguras; y dejándome llevar de los impulsos del corazón, tomé la cara de Luz entre mis manos y se la cubrí de besos y de lágrimas. No pensé ya en que pudiera mancharla el rastro de mis liviandades. El llanto de mis remordimientos lo lavaría todo; y, además, yo necesitaba aquello para vivir.