»Pues tampoco labró toda esta triste y larga plegaria en el corazón de aquella mujer. Según ella, la justicia divina, cuando se dejaba sentir, hería en lo más sensible. Por eso me había herido a mi donde tanto me dolía. Sería cierto; pero ni aun así creía yo faltar a ninguna ley divina ni humana implorando lo que imploraba al precio de sufrir yo sola todas las amarguras decretadas para las dos.
»Don Santiago no desplegó sus labios, porque harto tenía que hacer con ocultar de mí las impresiones que le estaban dominando.
»—Yo no pido a Ángel—concluí—porque es bueno, porque es hermoso, ni porque es rico: le pido, le imploro, porque ama a Luz y es la vida de mi hija, que le merece.
»—Y yo no se lo negaría a usted—respondíame el espectro—si Luz fuera pobre, fea y necia; él la quería, bendijérasela Dios, con tal de que fuera honrada. Pero se la niego, se la negamos... porque su madre no lo es.
»—Lo sé ya, señora—repliquéla—, y en eso estábamos al principio; pero llegando a donde he llegado yo con mis explicaciones y mis súplicas, la pregunto a usted ahora, y a usted, mi buen amigo don Santiago: a cambio de ese gran beneficio, ¿qué reclaman ustedes de mí?, ¿qué testimonios desean para creer que si escandalicé como mujer deshonesta, puedo edificar como arrepentida?, ¿qué martirios, qué humillaciones?... Díganmelo: yo lo haré todo..., todo, sin repugnancia, con la sonrisa en la boca y besando el azote que me castigue.
»La mujer se callaba. El marido me dijo, si no recuerdo mal, algo como esto, y muy conmovido:
»—Señora mía, yo la compadezco a usted con todo mi corazón; yo no dudo de la sinceridad de cuanto nos dice; yo la creo a usted capaz de todo lo que promete, y la aseguro que haría los imposibles por poner las cosas en donde debían estar, si las cosas esas tuvieran remedio a la hora presente; pero con estos mis buenos deseos, que son los de mi mujer, créame, aunque no lo parezca así...
»—Tu mujer—saltó ésta—nunca se ha mordido la lengua para decir lo que siente, si lo que siente va con la ley de Dios, como sucede ahora; y lo dicho, dicho queda, porque no se opone a esa ley; pero aunque se opusiera, también el mundo tiene sus leyes, bien o mal hechas, y hay que respetarlas...
»—¡Ahí está!—dijo con gran viveza don Santiago—: a eso iba yo a parar cuando tú me interrumpiste. El mundo tiene sus leyes: en el mundo vivimos; él nos ha formado a su modo, señora marquesa..., y por esas leyes..., en fin, póngase usted en nuestro caso.
»—¡Ah!—exclamé yo entonces—, ¡si usted se viera en el mío!.. Pero también acepto esas leyes que me son tan desfavorables en esta triste querella. ¿Qué teme usted del mundo en el caso implorado por mí?: ¿que caiga sobre Ángel la ignominia de la madre de su mujer? También para estas tempestades hay conjuros. ¡Yo me arrastraré como penitente donde me han visto triunfar como pecadora!, ¡yo confesaré a voces mis pecados donde quiera que haya gentes honradas que me oigan!... ¿Qué más puedo hacer? Jesús no pidió tanta penitencia a la cortesana arrepentida, y había escandalizado más que yo.