»Se miraron uno a otro, y díjome después don Santiago muy conmovido:

»Ni nosotros, pobres pecadores, le pediríamos a usted, llegado el caso, todo lo que nos ofrece... Aquí hay caridad, señora, gracias a Dios, aunque haya miramientos también, ¡y muchos miramientos!, que respetar, sin que se falte por eso a la ley divina...; pero ¿sabe usted, sabemos nosotros, si asintiendo a lo que usted desea y pide, y es muy natural que lo pida y lo desee, se avendría también nuestro hijo, con lo cual no contamos?

»—Pues ¿no hemos convenido—repuse—en que lo que se afirma en el anónimo es cierto en todas sus partes?

»El buen hombre contestó que sí.

»—Y ¿no se afirma en él que el único obstáculo que encuentra Ángel para el logro de sus ardientes deseos, es la oposición de sus padres? Porque de no contar con esto yo, no les hubiera molestado a ustedes con lo que les he dicho.

»—Es verdad, es verdad—respondió el bendito—: fue un reparo el mío sin fundamento; pero de buena fe. Desgraciadamente para nuestros propósitos..., quiero decir, para los de sus padres, la decisión de Ángel en ese punto es a prueba de inconvenientes: es firme como una muralla. Lo cierto no hay para qué ocultarlo, ni es justo que se oculte.

»¡Cosa rara! Su mujer no hizo el más leve reparo, ni con la palabra, ni con el gesto, ni con un ademán a esta declaración de su marido; declaración que podía tomarse por una señal de triunfo para mí, aun por una persona menos interesada en él que yo.

»Temiendo perder lo ganado, pero resuelta a que quedara donde fuera fructificando bien, no insistí en que llegáramos a un acuerdo terminante, aunque hablé un buen rato todavía y con no mala fortuna; pues o me engañaban mucho las señales, o el espectro se iba humanizando poco a poco.

»Ángel, presente allí, quizás hubiera logrado que yo me llevara hecho lo que, en opinión mía, quedaba en buen camino de hacerse; pero ni se presentó, ni me pareció muy cuerdo preguntar por él entonces.

»En resumen: al concluirse aquella batalla, en que gasté las pocas fuerzas que me había dejado la tremenda fatiga de mi casa, me pareció que el bueno de don Santiago Núñez, más que un enemigo, era ya un aliado mío, y que en la dureza de la mujer quedaba una mela por donde, si su hijo sabía golpearla, llegaría hasta el corazón.