»Levantarlos por completo, era tan imposible como borrar con un soplo de la memoria de las gentes la mala fama de su madre.

XVII

No me sorprendió la noticia que me dieron al entrar en mi casa: la estaba temiendo desde que salí de ella. Los martirios del alma de la pobre Luz se habían dejado sentir también en su cuerpo. La hallé tendida sobre la cama, y con la habitación medio a obscuras. Le molestaban la claridad y los ruidos; sentía dolorida la cabeza, y una impresión muy desagradable en todas las coyunturas. La toqué la frente, y la tenía ardorosa; en cambio, las manos estaban muy frías. Respondía a mis preguntas con pocas palabras y sin abrir los ojos. Contaba yo con algún trastorno físico después de la borrasca moral; pero no tan grande como el que me anunciaban aquellos síntomas, si es que no los abultaba la triste luz que ennegrecía ya todas las cosas en mi imaginación.

«Intenté sondear sus ánimos, informándola poco a poco y a mi gusto de lo que había hecho fuera de casa, y exagerándola bastante el éxito de mi visita. No dio señales de que le interesaran las noticias. Después le anuncié la venida de Ángel, dentro de muy pocas horas..., de minutos, mejor dicho. Entonces abrió los ojos y me miró. Decidiome esta buena señal a ir más lejos en mis tentativas, y la dije que él había estado real y positivamente enfermo; que por eso no había venido, y no por lo que decía el anónimo..., y ya iba a añadir que, como mentía en eso el inicuo papel, también mentía en la mayor parte de lo demás que declaraba, cuando noté que Luz se cubría la cara con las manos y se oprimía con fuerza los ojos, como si detrás de ellos comenzaran a batallar otra vez sus mal apaciguados pensamientos. Me indicó por señas que callara.

»¿Qué era aquello, Dios mío! ¿Qué noche había caído de repente sobre aquel risueño día primaveral, tan profunda y tenebrosa, que ni el mismo sol era capaz de rasgar sus densos crespones! ¿Habría perdido yo el tiempo? ¿Serían igualmente mortales entrambas puñaladas?

»De cualquier modo, no era aquella la mejor ocasión de averiguarlo. Por de pronto, urgía mucho que Luz se acostara de veras; y eso la propuse, y eso hizo. Después, sin advertírselo a ella, porque se hubiera resistido, mandé que avisaran al médico.

»Entretanto, y por todo alimento en aquella mañana memorable, tomé yo dos sorbos de caldo.

»Llegó el doctor y vio a Luz. No encontró en ella ningún síntoma de consideración: todo el mal se reducía a una ligera destemplanza, que se curaría con las ropas de la cama y los mimos de su madre. Pero le extrañaba mucho que no concordaran con la benignidad de los síntomas orgánicos las manifestaciones morales: hallaba demasiado abatida de espíritu a la enferma, que era de suyo animosa y expansiva.

»Esto me lo dijo al despedirse en el vestíbulo; y como sabía o sospechaba lo de los amores de Luz, preguntome, sonriendo maliciosamente, si la enfermita había tenido algún disgustillo estando sana. Respondile que sí, sonriéndome también muy a la fuerza, y entonces me dijo:

»—Pues con ese dato, adivine usted cuáles son la medicina y el médico que han de curar esa enfermedad.