»Sonreíme, y en esto apareció Ángel, que acababa de entrar.

»Antes que se nos acercara para saludarnos, me dijo el doctor al oído:

»—De este medicamento de le usted a la enferma buenas dosis y a menudo.

»¡Pobre hombre! ¡Qué lejos estaba de conocer la naturaleza de la peste que había invadido mi casa!

»Como yo me lo temía, bien poco o nada se dejaron ver en Luz los buenos efectos del remedio tan encarecido por el doctor. La primera impresión, algo más viva y agradable; pero en seguida, el mismo desaliento y el mismo tinte dolorido y melancólico en la voz y en las miradas delante de Ángel que de mí.

»Por la noche vino Guzmán. Nada sabía de lo ocurrido. Le enteré de ello, gozándome en la esperanza, lo confieso, de darle ese tormento que sufrir. Y le sufrió; pero ¡con qué entereza de espíritu! Yo no sé de qué hubiera sido capaz si el cúmulo de desventuras que se cernía sobre nosotros hubiera tenido vida y formas que destruir.

»Quiso ver a Luz inmediatamente, y yo no me opuse con gran empeño, porque me convenía estudiarla en aquella prueba delante del hombre con quien, según ella sabía ya por el anónimo, se la atribuían tan íntimas conexiones. Debía ser este pecado el que más la espantaba de todos los míos.

«Entró hablándola en el tono regocijado y cariñoso que de ordinario usaba con ella; y bastó a la pobre niña conocer su luz, para lanzar un grito y estremecerse como si la hubiera sacudido una corriente eléctrica. Vivía la infeliz indudablemente bajo el peso de una idea terrorífica, que se embravecía con el recuerdo o la presencia de determinadas cosas y personas. Se negó a responder una palabra, y las únicas que pronunciaron sus labios fueron para suplicarnos que la dejáramos sola, porque la soledad y el silencio eran lo que más descanso la daba. Y yo sabía que «estar sola» quería decir entonces que se quitara de allí Guzmán; y sabía lo que dolía eso, porque lo había padecido yo pocas horas antes; y por saberlo, me complacía, me gozaba en las torturas de él; porque yo no podía dudar, ni toda su fortaleza alcanzaba a disimularlo, que las repugnancias de Luz le estaban hiriendo en lo más vivo, en lo único sensible que le quedaba bajo su corteza mundana y empedernida. Debiendo tanto como debía, justo era que pagara algo de ello.

»Salimos; y con el pretexto de no apartarme de donde tanta falta hacia a cada momento, se despidió de mi sin mencionar lo ocurrido, ni hacer un solo comentario sobre lo que poco antes le había referido yo.

»Volvió más tarde el médico, y se convenció por el estado de la enferma, que era el mismo de algunas horas atrás, de que su recomendada medicina no había producido milagros.