»¡Aborrecer ella a Ángel cuando más en el alma le tenía! No la contrariaba su presencia por desamor, sino por un sentimiento bien diferente: temía verse contemplada por él a distinta luz que antes, y la espantaba la idea de no valer a sus ojos todo lo que había valido hasta entonces. Quería verle, deseaba verle, y verle sin cesar; pero de modo que él no la viera a ella. Cierto que todo lo ocurrido, con ser tanto y tan enorme, no le había apartado de sus propósitos; que se mostraba leal y cariñoso y resuelto a pelear contra todo linaje de obstáculos que se atravesaran en el camino que los dos se habían trazado en horas bien risueñas; pero esto podía ser, sería indudablemente, abnegación en él, compasión que ella le inspirase, sacrificio de muchos respetos, y sacrificios bien dolorosos acaso; y este recelo la afligía mucho más que el verle alejado de ella.
»Hícela yo notar que sus temores no tenían fundamento. Era una niña sin experiencia y sin malicias: ¿qué sabía ella de las cosas del mundo para estimar el valor de ciertos momentos del ánimo, subordinados al influjo de unas leyes que tampoco conocía? Aún no habíamos hablado entre las dos, sosegadamente, del suceso que a aquella situación nos había traído; todavía estaba por aclarar qué había de falso y qué de cierto en el contenido del infame papel, y cuál fuera la verdadera importancia de lo último a los ojos de un público avezado a no asombrarse de faltas mucho mayores...
»¡Si lo sabía!... Luz no había visto el mundo, ciertamente, y había sido educada muy lejos de él; pero en todos los libros y en todas las bocas había aprendido las mismas reglas para conocerle; en todos sus escondites la habían enseñado a estimar el bien con la pintura abominable del mal; y así, para realzar a sus ojos el mérito de la mujer honrada, se habían valido del retrato de la que no lo era. Por estas enseñanzas sabía, y no podía dudarse, que de todas las mujeres malas era la peor la madre desjuiciada y deshonesta, porque sus escándalos dañaban también a sus hijos, de los cuales apartaban los suyos las madres honradas, como se aparta el fruto sano del sospechoso. Pudo ella dudar si esta ley se cumplía entre las gentes con todo rigor; pero bastábale ser honrada y tener sentido común para comprender que la ley no carecía de fundamentos, y que no se obraba contra justicia aplicándola al pie de la letra.
»Con este modo de pensar, y teniendo a su madre por la más perfecta de las mujeres, ¿de qué modo sino con un torbellino de dolor y de vergüenza pudieron caer sobre ella las revelaciones del papel anónimo? Y con lo que ya sabía, aunque Ángel llevara su abnegación al último extremo, ¿cómo ni para qué aceptar su sacrificio, con el recelo de ver en cada sonrisa suya un disimulo de sus temores a la rechifla de las gentes?
»Por eso daba por muerta la mejor de sus ilusiones; pero sin que dejara de vivir en su corazón el sentimiento de que había nacido.
»Esta es la substancia de lo que tuve que oír, o mejor dicho, de lo que yo misma fui extrayendo, frase a frase, del cúmulo de pensamientos que se revolvían en su cabeza.
»¡Grandes pudieron ser mis faltas, pero bien caras las iba pagando!
»No por lo que me dolía el castigo, sino por aliviar a Luz del que padecía por mí, díjela, con mal forjada entereza:
»—Y ¿sabes tú todavía si es cierto lo que se asegura en el anónimo?
»Pero ella me respondió, con una prontitud y un vigor que me sorprendieron: