»—Y si no es cierto, ¿por qué no me lo dijiste cuando te lo pregunté tantas veces, con el alma entre los labios? Pero entonces bajaste la cabeza... y huiste; y yo creí lo peor, porque no podía creer otra cosa; y el daño quedó hecho así. Ahora, cuando menos tengo que dudar, sí me afirmas lo contrario; y una duda no es bastante remedio para curar una herida tan grande.
»¿Qué había de replicar yo a este nuevo latigazo de la justicia de Dios! Balbucí algunas palabras de disculpa..., para acabar pidiendo a Luz, entre lágrimas, que no me aborreciera.
»—¡Aborrecerte!—exclamó la infeliz, enjugando mis ojos con sus besos—, ¡siendo mi madre, y con lo que has llorado!...
»No tenía derecho a pedir, más, cuando me daba lo que yo no merecía.
»Después de esta escena, volvió Luz a caer en sus tristezas. Los nuevos pensamientos no se le acumulaban tanto en la cabeza, porque no era tan reservada conmigo como antes; pero allá le quedaban los gérmenes que los producían, y esto era lo peligroso.
»Ángel me ayudaba heroicamente a combatir el mal; pero eran inútiles nuestros esfuerzos. Contemplándole, chispeaba el amor en los ojos de Luz; oyéndole hablar enamorado, el fulgor desaparecía tras un velo de negras tristezas. Se la atormentaba con lo que creíamos infundirla alientos, y había que desistir de la empresa. ¡Cómo nos descorazonaba esto!
»Pero, aunque poco, al fin hablaba, y removía y oreaba las ideas; y aquella terrorífica que antes la perseguía sin sosiego, ya no la martirizaba tanto.
»Sólo delante de Guzmán se despertaba y embravecía; y no me maravillaba, después de haberme confirmado la infeliz lo que recelaba yo: aquel pecado mío era, a los ojos de su pudor de hija, el más abominable de todos los del vergonzoso catálogo.
»A todo esto, los días pasaban, la fiebre era imperceptible, y, sin embargo, la enferma, lejos de mejorar, se iba aniquilando poco a poco. El médico se impacientaba ya, porque no sabía a qué atenerse, y me miraba a mí y yo le miraba a él. Los dos teníamos las mismas dudas, ¡ay!, y los mismos temores.
»La casa comenzaba a tomar ese aspecto fúnebre y sombrío de las grandes tristezas del hogar. Se vivía medio a obscuras, se hablaba bajo y se andaba de puntillas. El rechinar de una puerta parecía un gemido mal disimulado; cada mueble un ataúd; cada lienzo un sudario.