»Tampoco respondió derechamente a esta pregunta. Se sentó, y quiso que me sentara yo a su lado. En seguida, por entretenerme o por consolarme, comenzó a hablarme de la vida de ciertas flores..., el cuento de siempre: unas hojas, muy frescas ayer, que hoy se contraen y marchitan de repente; un tallo muy erguido que se encorva de pronto bajo el peso de la flor..., y una ráfaga insana que la tocó al pasar, o un insectillo impalpable que mordió la raíz. Qué ráfaga o qué insecto había pasado por mi casa, no lo sabía él...

»¡Pero lo sabía yo!

»Estando en estas, salió el cura muy ufano y satisfecho. ¡Me dio la enhorabuena!... ¡Dios sabe bien por qué no se la agradecí! Quedó en volver a menudo, «porque aquello no había sido más que una preparación para otro acto más solemne»; y se fue el bendito señor.

»—Luz, cuando el médico y yo entramos en su cuarto, irradiaba la alegría por toda su faz de querube. La palidez era la única huella que había estampado allí la ráfaga de que hablaba el doctor. Comprendí que en boca del confesor estaba muy en su punto la enhorabuena que me había dado momentos antes; pero vistas y estimadas las cosas con ojos humanos, a mí me acongojaba aquella alegría, que me estaba pareciendo el himno triunfal de las vírgenes dispuestas a la muerte. Era dichosa, ciertamente, sonriendo entre dolores; era bien envidiable su destino; pero yo me quedaba sin ella en el mundo, y era su madre..., y moría por mi causa..., mejor dicho..., ¡Dios poderoso!, ¡la mataba yo!

»Nada tuvo que hacer allí el médico. Delante de ella, infundiéndonos ánimo, parecíamos nosotros los enfermos.

»Al despedirse el doctor de mí, le pregunté qué juicio formaba del estado de la enferma. Movió la cabeza tristemente.

»—Con un espíritu doliente—me dijo—dentro de un cuerpo sano, como antes, había para temer y para esperar; pero en el caso inverso de ahora, cuando el cuerpo se muere a escape, sólo queda que temer, porque el contenido se va con el continente.

»Lo mismo pensaba yo, aunque sin tantas palabras y con mayores angustias.

»Preguntole después cuánto a durar aquella vida, y diome a entender harto claro, que podía concluirse a la hora menos pensada.

«»Secándome el llanto para entrar mintiendo en la habitación de Luz me alcanzó Ángel, recién informado por el doctor de las tristes novedades que ocurrían. Confirméselas sólo con mirarle, y se precipitó desolado en el gabinete. Luz le dijo, en cuanto le vio, contemplándole con la cara envuelta en una celeste sonrisa: