»—Créeme: vale más que lo que habíamos pensado, lo que va a suceder pronto. Me duele dejarte, porque tú tampoco estás aquí en tu sitio; pero ya nos hallaremos donde debemos hallarnos, y esto me consuela.

»El pobre chico sollozaba; y para ocultar los verdaderos motivos, echaba a Luz la culpa de todo. Luz se sonreía más entonces. Cogiole una mano entre las suyas, y le dijo, con un timbre de voz que era un cántico melodioso:

»—No me pesa que me llores, y llórame también cuando suceda, pero llórame porque me envidies, no porque me compadezcas. Te aseguro que es gran beneficio del cielo el sacarnos de aquí cuanto antes.

»Y lo sentía como lo afirmaba..., y yo, ¿yo si que le envidiaba aquella conciencia pura y tranquila en que se reflejaba su ardiente fe, como el sol en un espejo!

»También en aquella escena, que fue larga, parecíamos Ángel y yo los enfermos, y Luz la enfermera.

»No puedo darme ahora cuenta exacta de todo lo que ocurrió en el resto de aquel día y durante la noche que le siguió; no sé si Ángel fue y vino varias veces o si no se movió de allí, porque tengo una idea de que faltó muy pocos instantes de mi casa hasta cerca de la madrugada; recuerdo vagamente también que estuvo Guzmán al anochecer, y el efecto terrible que le hizo la noticia que yo le di por entrar; que vio a Luz y que la habló, y que Luz tuvo también para él sonrisas y dulzuras de consuelo; que se apartó de ella a duras penas cuando entró el cura nuevamente para confesarla; que salió con los ojos enrojecidos y el pecho rebosando de sollozos; que, mientras el confesor cumplía su triste cometido, Sagrario, forzando todas las consignas de la puerta, entró hasta donde yo me hallaba recogida para llorar a solas, y se abalanzó sobre mí, hecha un mar de lágrimas; que se aumentó el raudal de las mías al verme delante de aquel cómplice y testigo de mis maldades; que cuando el cura se me acercó para darme otra enhorabuena y advertirme que de acuerdo con la enferma, se la daría el Viático al día siguiente para que le recibiera con la debida solemnidad, puesto que no corría prisa, Sagrario voló hasta la cama de Luz, de donde me costó gran trabajo separarla; y que con espantarse tanto como se espantó de la infamia de Leticia cuando yo la enteré de ella, se espantó todavía más de que yo no viera en sus estragos otra cosa que el castigo de mis culpas; tampoco recuerdo en qué paré esta corta entrevista con aquella loca de buen fondo, ni cuándo se marchó, ni cuándo se fue Guzmán, ni qué me dijo, ni lo que te dijo Luz al despedirle. Creo que volvió por allí dos o tres veces durante la noche, y que no quise ceder a nadie, ni al mismo Guzmán, ni al pobre Ángel, que tan encarecidamente me lo rogaba, el consuelo de pasar aquella más sentada a la cabecera. Fue larga, muy larga la noche, esto lo recuerdo bien; pero no tanto el pormenor de lo que hice y sentí durante ella. Algo debí de pensar, considerando cómo la pobre Luz se destruía al primer choque de su inocencia con las maldades del mundo, en si fui o no fui discreta al cultivar a la sombra una planta destinada a vivir al aire libre, para venir a parar a que no estaba lo malo en esconder más o menos a una hija para que viera o no viera ciertas cosas, sino en que una madre tenga faltas que no puedan ser confesadas a voces; porque pensar en esto y llorar mucho mientras la pobre enferma dormitaba, aún sin tan grandes motivos, había sido mi ocupación en las veladas anteriores; también recuerdo confusamente la hora en que Ángel se despidió para volver por la mañana, y algo como impresión pavorosa que entonces sentí, sin saber por qué, al considerar que me quedaba sola junto a aquel lecho, que me parecía una tumba...

»Pero lo que sé para no olvidarlo jamás, y por eso me ha borrado el recuerdo de todo lo que se grabó poco antes que ello en la memoria, es que cuando reemplazó a los trémulos y mortecinos resplandores de la lamparilla el primer rayo de sol de aquel día primaveral; cuando se despertaban las flores y los pájaros; y toda la naturaleza se alborozaba y sonreía, despertaba también Luz de un sueño que me había parecido tranquilo, pálida como la cera, y recorriendo con sus grandes ojos asombrados toda la estancia.

»—¿Qué te sucede, hija mía?—preguntela incorporándome de un salto y cogiéndole, con las mías, una de sus manos, fría, ¡muy fría!

»—¡Es cosa, muy singular!—me dijo tornando a su postura supina y fijando su mirada en un punto imaginario del pabellón de su cama.

»—Había vuelto a mis jardines..., aquel paraíso de que yo te hablé..., donde nos conocimos Ángel y yo... Me paseaba por sus senderos retorcidos, y Ángel no parecía..., y yo le esperaba. En esto, el sol se obscureció de repente, y comenzó a enturbiarse aquel río tan cristalino..., y a crecer, a crecer... turbio, ¡muy turbio!, y cubrió los arbustos de las orillas; y siguió enturbiándose, enturbiándose, y creciendo y creciendo; y llegó a las praderas más bajas, y seguía enturbiándose y creciendo todavía. Entonces tuve yo gran miedo donde estaba, y llamé a Ángel muchas veces..., y Ángel no vino. Subí a lugar más alto; y al ver que las aguas también subían, corrí, de altura en altura, hasta refugiarme en el chalet. Salí a la azotea, y vi con asombro que las aguas lo habían invadido todo, ¡todo cuanto alcanzaba la vista! Temblé de espanto al contemplar aquella desolación y verme tan sola allí... A poco rato volvieron a bajar las aguas poco a poco..., turbias, ¡siempre turbias!..., hasta encauzarse otra vez entre las orillas del río... Pero lo que ellas habían inundado, todo lo que se descubría con los ojos, era un lodazal tristísimo, sin praderas sin flores y sin senderos... Sólo el chalet en lo más elevado...