»—¡Eso es un sueño, amor mío!—la dije para sacarla del sobresalto en que la veía—; un sueño como cualquier otro, que pasó ya.

»—Es que no ha pasado—me respondió, sin apartar la vista del punto en que la había fijado antes, y con voz mucho más débil—, ¡y esto es lo asombroso! Yo creo que estoy despierta ahora, y, sin embargo, me encuentro en el mismo sitio y sobre el mismo lodazal...

»—¡Luz!..., ¡hija mía!—la grité entonces para distraerla de aquella visión que la fascinaba.

»—¿Y cómo salir de aquí!—prosiguió, sin apariencias de oírme—; ¿por dónde, si esto no tiene límites, ni un palmo de tierra firme y limpia en que sentar el pie!... ¡Dios mío!... ¡Dios mío! ¡Ah!..., ¡ya me oye!... De allá arriba, de lo alto, de lo más alto del cielo, baja una figura con alas blancas, como la túnica que viste, y los cabellos rubios flotando en el espacio... Y vuela hacia acá... Y va acercándose a mí... Ya oigo el suave rumor de las alas al batir el aire... Se acerca más..., me sonríe y me tiende una mano..., la tomo con otra mía... y me suspende y me saca de la azotea... y volando, volando, me conduce sobre la ciénaga sin fin... ¿A dónde?

»—¡Luz! ¡Luz!—volví a gritar, aterrada ya con aquella fijeza de mirada y el frío marmóreo de sus manos—. ¡Vuelve a mí los ojos! ¡Mírame!..., ¡estoy aquí, a tu lado!

»Pero ella, sin dar señales de atender a mis llamadas, prosiguió diciendo con una voz débil, muy débil, pero dulce y argentina, como el sonido de las arpas eólicas:

»—¡Qué alto me eleva!... ¡Y todavía más alto!... ¡Tan alto, que ya no te veo, madre mía! ¿Me oyes?... ¡Dile a Ángel que le espero!... ¡También te espero a ti!... ¿Me ves?... Es imposible, porque he llegado muy arriba... ¡Y aun me elevo más!..., ¡más alto todavía!... ¡Qué región de soles!... ¡Cuánta luz!

»Y con esta palabra se apagó su voz, como la última nota de un suspiro. Sentí que se estremecía ligeramente su mano entre las mías; observé en sus labios una ligera contracción, que me pareció el acento de una nueva sonrisa; y un instante después inclinó su cara hacia mí, y hundió la cabeza entre los rizos de oro que le formaban una aureola esparcidos sobre la almohada.

»—¡Luz! ¡Luz!, ¡vida mía!—llamé de nuevo con las angustias de todos los espantos en la garganta, acercando mi boca a su oído—. ¡Mira a tu madre!..., ¡dile que la oyes..., que la ves!...

»¡Dios misericordioso! ¡Aquellos ojos, que aún me miraban, ya no veían; aquella boca que me sonreía, ya no respiraba; y aquel hermoso cuerpo, que parecía dormido en un sueño de amores, no era más que la yerta y abandonada envoltura de un alma angelical que había volado a su patria celeste!