»—Es necesario que te persuadas de que todo esto que te digo y lo que aún he de decirte, y los cuidados que me preocupan, no tienen más objeto que tu bien. Si de mí sola se tratara, muy distinto sería mi modo de pensar... Es tan poco lo que me resta de vida, que, por escasos que sean mis caudales, ha de sobrarme lo más de ellos... porque tengo el convencimiento, hija mía, de que he de vivir muy poco tiempo, ¡muy poco!, mucho menos de lo que tú te figuras..., y por lo mismo, me afano tanto hoy; porque si me muriera yo dejando las cosas en el estado en que se hallan, seria muy desdichado tu porvenir. El legado de tu abuelo no alcanza a cubrir tus necesidades en el pie en que estás educada y has vivido hasta aquí; y en cuanto a lo restante de nuestros bienes, tan embrollado hoy, ¿cómo estaría mañana en manos de una mujer sin experiencia y sin amparo? Porque tú, muerta yo, te quedarás sola..., enteramente sola; y esto, aun con mucho dinero y grandes rentas, es muy triste... En una palabra, hija mía, y para cansarte menos, ese hombre que se necesita aquí, inteligente y rico, no ha de ser un administrador, ni un asociado como otro cualquiera, sino tu marido. ¿Me entiendes ahora?
«Era lo mismo que yo había sospechado antes; y como no salía con ello de mis dudas, dije a mi madre que continuara explicándose, si es que tenía más que advertirme, como me lo iba temiendo yo; y añadió entonces:
»—Tengo ese hombre inteligente y rico que tanta falta te hace.
»Desde luego aposté en mis adentros a que no era el único que yo aceptaría, y hasta supuse quién podría ser el que me proponía mi madre.
»—No hace aún dos horas que me ha pedido tu mano—continuó aquélla, viendo que yo nada decía.
»Don Mauricio—apunté sin temor de equivocarme.
»El mismo—repuso mi madre.
»No me dio algo allí, porque, después de mi entrevista con el pretendiente, ya no podía admirarme nada que fuera de la especie de lo que le había oído a él; pero en la acogida que habían merecido a mi madre sus pretensiones, no dejaba de haber motivo para sorprenderme, y así se lo manifesté a ella.
»—Contaba con eso—me replicó—, porque desde luego supuse que sería una ofuscación suya lo de los grandes alientos que, según me dijo, le habías dado en tu respuesta; pero también contaba y cuento con tu buen juicio, con tu serenidad... y con el aprecio que has de hacer, por lo mismo, del consejo de tu madre, que no puede desear para ti sino lo mejor...
»Aquí comencé yo a tomar la cosa por lo serio, y se entabló una porfía, muy tenaz por mi parte; la cual atajó mi madre diciéndome con desusada dulzura: