»—Todo eso será verdad, y más que me cuentes; pero ¿y qué? ¿Serías la primera mujer joven y hermosa, y aun noble y rica, casada con un Creso feo... y hasta vicioso... y hasta ridículo, si quieres? De esto se ve todos los días, porque hay muchos motivos y grandes razones para que se vea... Quiero concederte todavía más: quiero suponer que tuvieras el corazón interesado por un joven hermoso, discreto, noble..., en fin, lo contrario enteramente de don Mauricio; y no quiero suponerlo, sino creerlo, porque así es la verdad, o yo no tengo ojos en la cara; supongo, pues, digo mal, creo que tienes el corazón interesado por un hombre así..., por Pepe Guzmán, en una palabra... Pues mejor que mejor para mis planes, y para tus conveniencias por consiguiente.

»Aquí me asombré ya mucho más que antes. Conociolo mi madre, y continuó así:

»—Te lo repito y te lo demuestro. Los hombres como Pepe Guzmán, no sirven para lo que tiene que servir aquí tu marido; y aunque sirvieran, no querrían, porque los ejemplares de esa casta... no se enamoran para casarse.

»Me ofendió el dicho como debe ofender un bofetón.

»—Eres una novicia todavía—añadió mi madre al notarlo—, aunque te juzgas y te juzgan los que no te conocen tanto como yo, llena de malicias y de experiencia. Yo soy vieja ya, y tengo de todo eso mucho más que tú para estas cosas del mundo. No se enamoran para casarse los hombres como Pepe Guzmán; y te añado que aun cuando éste quisiera ser contigo una excepción de la regla, tú no deberías consentirlo.

»—¿Por qué?—exclamé sin poderme contener.

»—Por... varias razones—respondió mi madre muy serena y bajando más la voz—. Y vamos a tratar este punto con toda franqueza, porque en él se encierra toda la cuestión. Por de pronto, los hombres de cierta pasta..., como la de ese, son una calamidad para maridos de las mujeres a quienes han amado solteras: la razón es que los hábitos adquiridos en el mundo en que han vivido los hace incompatibles con lo que se llama, muy fundadamente, «prosa de la vida conyugal». Comienzan por desencantarse y por aburrirse, y acaban por desviarse... Es ley infalible: la cabra tira al monte... Y lo que digo del hombre de esas condiciones, es aplicable a la mujer... de las tuyas. ¿Amas a Pepe Guzmán? Pues ten por seguro que dejarías de amarle si te casaras con él.

»—Pero, Señor—pensé aturdida al oír esto—, ¡también mi madre!... Porque esta es la teoría de Sagrario... y la de Leticia, o yo no estoy en mis cabales... ¿Es que hay algún mal espíritu encargado de conducirme a donde yo no quiero ir?

»—¿Te asombras?—preguntome mi madre, conociendo lo que me pasaba—. Acaso no me haya explicado bien; porque en mis intenciones no hay motivo para ello. Si te hubiera puesto el ejemplo de tus dos amigas más íntimas, y de tantas otras que conozco y que conoces lo mismo que yo; si te hubiera dicho: «te conviene para marido el hombre que te he propuesto, por lo mismo que es raro y tiene vicios y mala fama; o lo que es igual, todo lo que necesita por pretexto una mujer de mundo para lograr de casada, con cierto derecho, lo que no le es lícito a una soltera»; si hubiera pretendido yo que aceptaras al banquero antipático para sostén y pantalla de debilidades y caídas con los galanes de tu gusto; si fueran estas mis intenciones al decirte lo que te he dicho, tendrías razón para sorprenderte; pero se trata de cosa muy distinta y más honrada. Don Mauricio es hombre del día; entiende sus conveniencias, y por ello respetaría las tuyas..., porque tú no habías de pretender nada que no fuera usual y admitido entre las mujeres de tu rango; y como no le amas ni puedes amarle, no hay que temer en ti los desencantos ni las terribles consecuencias que éstos traen en los matrimonios por amor. Por añadidura, serás libre y considerada, y tendrás quien guarde y prospere tu hacienda, y te mantenga en la abundancia que necesitas para vivir sin contrariedades ni privaciones. Esto quiero para ti; esto puedo proporcionarte, y con esto te brindo... ¿A qué respetos falto, ni a quién ofendo con ello?

» ¡A qué respetos faltaba!..., ¡a quién ofendía con ello! ¡Y a mi se me amontonaban en tropel las respuestas que estaban reclamando aquellas preguntas inconcebibles en labios tales; corolarios artificiosos, o, cuando menos, muy mal deducidos de unas teorías repugnantes a mi naturaleza de mujer de honradas inclinaciones y a mis sentimientos de enamorada! Y pude dominar mi indignación, por respeto a las intenciones de mi madre, que no eran, que no podían ser las que cualquiera tendría derecho a leer en la letra descarnada de sus precedentes advertencias, encomios y recomendaciones; cualquiera menos yo, que conocía hasta qué punto cegaban a aquella señora las pompas y vanidades del mundo, y con qué facilidad transigía con los riesgos más graves, si la costumbre los autorizaba y si sus planes de bambolla los pedían. «¡Dinero, dinero a todo trance, y mundo esplendoroso en que lucirle! «Este venía a ser, en substancia, el objeto, el fin, la aspiración única, y hasta la religión de mi madre, y por eso, creyendo de buena fe que en ello trabajaba por mi felicidad, al ofrecerme por marido a don Mauricio, intentaba, con tan poca prudencia, desvanecer los escrúpulos que yo tuviera para aceptarle.