»Viéndome así Pepe Guzmán, tomó una de mis manos entre las suyas; y envolviéndome en una mirada, que fue para mí lo que el rayo de sol para un cuerpo aterido, díjome con expresión y acento de cariñosa ironía, disimulo evidente de otras impresiones muy distintas:
»—Aquí pasa algo muy grave, por las señas de esas lágrimas después de tu recado de esta mañana... Veamos lo que es...; se entiende, si me es lícito saberlo.
»Rehíceme casi en el acto, por empeñarme en ello, antojándoseme que tenía algo de ridícula aquella crisis histérica; volví a recobrar la resolución perdida; y retirando mi mano de las de Guzmán, con el pretexto de necesitarla para enjugarme los ojos, dueña ya de mi serenidad, enterele de todo lo que ocurría..., de todo no, puesto que omití lo del parecer de mi madre sobre los casamientos por amor.
»—Mientras hablaba, iba observando yo el efecto de mis palabras en el atento escuchante.—También este trámite estaba apuntado en el programa.—Ni un músculo se contrajo en todo su cuerpo, ni el menor gesto alteró la expresión serena de su semblante. Como si se tratara de una historia del otro mundo.
»La que yo le relataba, no podía tener en mis labios más que un objeto solo: el de dársela a conocer como una desventura mía, necesitada del dictamen sesudo y de los consuelos cariñosos y desinteresados de «un buen amigo». Mi derecho no alcanzaba a más..., ni siquiera a disminuir un poco los motivos que yo tenía para sentir allá dentro, muy adentró, el frío de aquella inalterable serenidad, por más que este detalle fuera suceso previsto como posible en mi programa.
»Después que se enteré de todo, me preguntó, sin abandonar su expresión de irónica afabilidad:
»—Y ¿por qué te has apresurado tanto a informarme de ello?
»—Porque es caso de urgencia—respondí—, y necesito un consejo.
»—¿Precisamente el mío?
»—Precisamente el tuyo (¡con qué gusto usaba ya este pronombre!); pero el tuyo sólo, entiéndase.