»—Anteanoche—le dije, sin pararme a disimular la repugnancia con que abordaba aquel asunto—me insinuó usted ciertos propósitos...
»—Tuve, en efecto, esa dicha—me interrumpió, bastante desentonado por las emociones que debía de sentir en aquel instante.
»—Poco después acudió usted con las mismas cuitas a mi madre, sin aguardar a que yo le respondiera, como se lo tenía prometido.
»—No creí que se estoorbaran lo uno y lo otro.
»—Mal creído. Pero, en fin, ya está hecho. Y ahora, asómbrese usted: he resuelto despachar su pretensión... favorablemente.
»Es imposible pintar aquí las cosas que hizo y las finezas que me enderezó mi pretendiente, al oírme hablar en aquellos términos. Le faltó muy poco para darme las gracias de rodillas.
»—Todavía no—le dije conteniéndole—. Hay que deslindar antes los campos, y poner cada cosa en su sitio y a la necesaria claridad. Para ello, yo le hablaré a usted con toda la que piden las circunstancias, y usted no será menos explícito conmigo, en la inteligencia de que, siéndole o no, lo que aquí establezcamos ha de ser en adelante la ley de nuestra vida común.
»—Leyes son siempre para mí hasta los menoores deseos de usted. ¿Qué mayor dicha, qué mayor...?
»—Muchas gracias, y óigame ahora: usted es hombre que tiene vicios, no muy buena fama, y ya pasó de mozo algunos años hace... No se moleste usted en hacerme reparos, porque es perfectamente demostrable todo esto que afirmo.
»—Siga usted.