»—Sigo, y continúo afirmando que un hombre con todos esos contrapesos, por poco entendimiento que tenga, no puede creerse merecedor del cariño ni de la lealtad de una mujer como yo.
»—Repare usted que, sin hacer las debidas salvedades... y tal y demás, resuulta eso..., ¿cómo lo diré?, un poco... vamos... exxxtremaaado.
»—Resultará lo que usted quiera; pero hay que oírlo. Por consiguiente, al pedir usted mi mano, no espera, no puede esperar, que le dé con ella ese cariño, ni las llaves de mi corazón, ni el derecho de preguntarme siquiera por lo que yo tenga encerrado en él.
»—Lo que yo pido—díjome aquí el banquero, con una serenidad y un aplomo que no dejó de sorprenderme en él—, lo único a que aspiro, y usted no podrá negarme, porque no tengo yo la culpa de que no sea la envoooltura digna del tribuuto que la he tendido a usted con alma y vida... y tal y demás, es que lo pooco o muucho que me conceda sea de buena voluntad; porque, bien mirado el caaso, yo no he puesto a naaadie un puñal en el pecho para que se acepte lo que he ofrecido a caambio... de lo que usted quiera darme... y tal y demás.
»—Cierto; pero la misma gravedad de ese... caso, y el singular aspecto que presenta para mí, y hasta las mutuas conveniencias, no lo dude usted, me obligan a ser desengañada, sin temor de pecar de dura, con un hombre que con tan poco se conforma en negocio de tan grande entidad... En substancia, y para concluir, señor don Mauricio: yo acepto su mano de usted, con la terminante condición de que he de tener en usted la menor cantidad posible... de marido, con todos los privilegios e inmunidades que de este hecho se desprendan en beneficio de la libertad e independencia compatibles con el rango que ocupo en la sociedad, y con mis gustos e inclinaciones.
»Creí sorprender una sonrisa extraña en los resecos labios de mi pretendiente; el cual, y mientras se tiraba de la patilla derecha con mayor suavidad de la que podía esperarse de su naturaleza espasmódica, me dijo:
»—Y en virtud de esa condición tan... tan adsooluuta y exxteeensa, ¿no me sería permitido añadirla, antes de aceptarla, siquiera una salvedad..., pedir ciertas garaaantías?...
»—Doy, y no es poco, la de mi buena educación. ¿Le satisface a usted?
»—Como la mejor escritura púuublica—me respondió tendiéndome la manaza, que no rechacé porque fingí tomar el suceso como señal de despedida, y aproveché tan buena coyuntura para levantarme y dar por terminada la conferencia.
»—Para lo que falta que hacer—dije entonces—, entiéndase usted con mi madre..., que siente mucho no poder recibirle hoy.