—¡Se murió!...

—Después de inficionar a Archena y de beberse medio Panticosa. Nada le alcanzó. Pues figúrate lo que será su mujer, viuda, libre, rica y casi jamona, sabiendo lo que era de casada.

—¿Sigue dando juego?... ¿Se crece al castigo, como decís los aficionados?

—¡Horrores, Paco..., verdaderos horrores!

—¿Y su amiga Leticia?

—Viuda también, y tal para cual. Sólo que ésta, con ser tan voraz y antojadiza como la otra, es más discreta y disimulada.

—¿Y de qué murió su marido?

—De un balazo.

—¡Demonio!

—Y por la espalda. Nada más merecido. Estuvo en el fregado del sesenta y seis, la cuartelada de San Gil, con el honrado intento de ganarse el tercer entorchado y la cartera de Guerra...; por de contado, detrás de la cortina, como siempre... y fuera de su casa y bien disfrazado. Después del fracaso de la intentona, y andando ya O'Donnell barriendo las calles de Madrid a metrallazos, no creyéndose bastante seguro en su escondite, salió en busca de otro, con su disfraz de carbonero; y en este viaje le alcanzó una peladilla y le tendió boca abajo. Por disposición testamentaria, hecha pocos días antes a ruegos de su mujer, hereda ésta su enorme fortuna; y no quiero decirte qué vida se estará dando con ella y con lo mucho que ya tenía propio. Pues con ser tanto en conjunto, aseguran que no le alcanza, ¡y que se mete en cada lío, y manipula cada enjuague!... También hay quien dice que es avara, y que lo de los apuros es un pretexto para disculpar los enjuagues y los líos, que ya son famosos en Madrid. ¡Vaya usted a averiguar lo cierto en ese arcano viviente con puntas de Mesalina!