—Leticia y Sagrario, las inseparables amigas, me traen el recuerdo de otra amiga de las dos, que me gustaba a mi mucho, por cierto:

Nica Montálvez, la hija del estúpido marqués...

—Reventó de vanidad en un banquete.

—¿Quién? ¿La hija?

—El padre.

—Ya lo sabía yo, con algo más que no me han explicado bien o se me ha olvidado. ¿Qué le pasó a la hija?

—Esa es una historia de fondos tan indecentes y criminales como las otras; pero menos antipática por lo que toca a la protagonista. Esta criatura fue de lo más honrado de la clase, dicho sea sin ofensa de nadie, y nació para buena, y aun creo que lo habría sido, a no caer entre un padre tonto y una madre sin educación y sin entrañas, y una caterva de pillos y de bribones. Era moza de talento y afamada de insensible con los hombres que la galanteaban. Por lo menos, tenía el buen gusto de reírse de todos ellos sin hacer maldito el caso de ninguno. Sospecho que tú puedes certificar, por la parte que te alcanzó...

—Certificó.

—Hasta que dio con un mozo que le pareció muy otra cosa que todos los demás, y se rompió el hielo. El mozo era Pepe Guzmán. Otra prueba de su buen gusto. Cuando más en punto estaba el idilio, se presentó el traidor de la comedia: un banquero estúpido y feo y más ladrón que Brunelo, con dos avaricias insaciables: la del dinero y la de los blasones. Ambas cosas debían de abundar en casa de Nica Montálvez, sobre todo desde la muerte de su abuelo, un traficante muy listo que dejó al imbécil de su yerno una renta de cincuenta mil duros. El susodicho traidor, que aunque robaba al Estado por el ministerio de Hacienda, no lograba desembrollar la suya, porque lo que es obra del diablo no tiene compostura por ninguna parte, empezando por engolosinar al marqués en los negocios, para tantearle la bolsa (que estaba ya menos repleta de lo que el pícaro creía), acabó por deslumbrar a la marquesa metiéndole por los ojos cada diamante como un puño y cada leontina como un cable, y echando por la bocaza, a todas horas, espantos de millonadas. En seguida se alió con ella para que le ayudara a conquistar la mano de su hija. Y la conquistó al cabo, ¡pásmate! Pudo consistir en la fuerza del empuje de los dos aliados, en debilidad o terror de la víctima, o en encogimiento, por cálculo, de Pepe Guzmán... o en las tres cosas juntas; pero la verdad es que el banquero se salió con la suya, aunque un poco tarde, y aceptando unas condiciones, impuestas por la interesada, de padre y muy señor mío. Se celebró la boda fríamente y sin viaje de novios, y comenzaron las catástrofes. La marquesa, como si sólo aguardara a tener por yerno, a don Mauricio Ibáñez, se murió a los pocos días de ser su suegra. Entonces cayó el banquero sobre el caudal hereditario con ansias de buitre en ayunas, y vio y palpó que sólo quedaban ruinas de lo que él había soñado filón inagotable de onzas acuñadas. A todo esto, vivía como un extraño en casa de su mujer, la cual, con una premeditación que delataba el consejo y la ayuda de Guzmán, tomando por pretexto una de las impuestas condiciones y ciertos autógrafos del banquero, testimonios irrecusables de los enredos de éste con una pingona de tres al cuarto, al día siguiente al de la boda, es decir, a la primera y única noche de novios, «ahora—le dijo, con las pruebas del enredillo en la mano—hasta el valle de Josafat. Usted a un extremo de la casa y yo al otro, y como si nunca nos hubiéramos visto». Cuentan que el banquero pudo haber replicado algo muy contundente para la conciencia de Nica; pero, o no lo respondió, o no lo supo, o su mujer hizo muy poco caso de la réplica; porque el hecho es que la decisión de Nica se cumplió en todas sus partes. Nadie los vio juntos nunca. Cada cual tenía sus negocios y sus horas.

Entre tanto, Pepe Guzmán continuaba siendo amigo de la casa y visitándola de vez en cuando. ¡Y pásmate ahora otra vez!: a los ocho meses de casada, tuvo la hermosa Nica Montálvez una niña como unas perlas. Entonces andaba viajando Guzmán; y se cuenta que al volver a Madrid, teniendo ya la niña cerca de un año, en la primera visita que hizo Pepe a su amiga, le colocó ésta delante de un espejo y puso al lado de su cara la cara de la niña. Asómbrate ahora por tercera vez: las dos caras se parecían como un huevo grande a un huevo chico.