—Si el caso pide asombro, creo yo que el asombrado debió ser Guzmán.
—Pues aseguran que no se asombró cosa maldita.
—¡Y querías que me asombrara yo! Quien debió llegar hasta el éxtasis del asombro fue el padre.... quiero decir, el marido de la madre.
—Ese no podía asombrarse de nada desde que había aceptado las estupendas condiciones matrimoniales que le impuso la novia, y veía pagado el timo que pensó dar en aquella casa, con otro tan morrocotudo que le había dado a él la difunta marquesa. No solamente estaba su caudal mermado en lo más jugoso y medio en quiebra el resto, sino en manos de un administrador que se pasaba de listo y de aprovechado. De modo que no fueron de gran resistencia los puntales que pudo sacar de allí el banquero para sostener la balumba de sus trapisondas de agiotista. Por único consuelo se daba como un desesperado a la borrachera de su segunda ambición, y tenía la corona de marqués hasta en los faldones de la camisa; pero el afán de sostener este nuevo lustre de clase, así como su crédito en la Bolsa, le costaba enormes dispendios que le hundían en mayores abismos.
Así fue tirando hasta que triunfó la revolución de septiembre. Entonces sonó, o creyó él oír que sonaba muy recio, la trompeta de su mala fama; era cobarde, como todos los de su ralea; Madrid estaba sin gobierno y con todas las pasiones buenas y malas en mitad del arroyo; apoderose de él un pánico invencible, y de la noche a la mañana se escapó de aquí, dejando sus negocios en quiebra y hechos un bardal. A duras penas logró después su mujer salvar del concurso sus bienes dotales y cuanto en buena ley podía y debía salvar. Fue a parar a donde van todos los pícaros gordos que huyen de la justicia de su patria: a los Estados Unidos; y allí murió dos años después, de un torozón que le evitó ser linchado, y cuando comenzaba a recoger el fruto de una empresa que había fundado en compañía de otros dos estafadores a la alta escuela.
—¿De manera que también Nica Montálvez está viuda?
—También viuda y también muy guapa.
—¿Y continúa bajo la protección del amigo Guzmán?
—Protección... algo lejana, sí, porque hay motivos para ello. En esa mujer hay, indudablemente, un fondo honrado y decente; pero al cabo es hembra, hija de su madre y curada por ésta, aunque a la fuerza, de ciertos escrúpulos. Por de pronto, es manirrota para el dinero, y mayores son las ansias que siente de gastarlo, cuanto más negras las dificultades que la pinta Simón, el sempiterno mayordomo de la casa. Al principio andaba por ella Pepe Guzmán anticipándose delicadamente a las grandes crisis; pero llegó a parecerle un tantico pesada la delicadeza, y se dedicó a viajar más a menudo y más largamente que antes. Estas ausencias pusieron a Nica en gravísimos apuros en muy señaladas ocasiones. En Madrid... y en el mundo entero hay quien sabe explotar a maravilla esta clase de conflictos; y la marquesa de Montálvez, que estaba obligada a mirar por el patrimonio de su hija y sabía muy bien cuán cerca estaba de cero la temperatura amorosa de Guzmán, no teniendo para qué pararse en barras de menos con amigos y protectores que la habían enseñado a saltar sobre lo más, hizo alguna vez lo que tantas otras mujeres: dejarse explotar por los explotadores de conflictos económicos, lo más decorosamente posible; quiero decir, quitando la odiosidad de lo útil con el pretexto de lo agradable. ¿Me comprendes?
—¡Pues digo!... ¿Y estás seguro tú de que sean ciertas esas explotaciones... decorosas?