—Segurísimo; así como de que han sido muy contadas.

—¿Dónde está, pues, ese fondo «honrado y decente, que la concedías antes?

—Donde debe estar. Ponme una santa rodeada de perdidas y de bribones; persíganla sin tregua ni descanso con ejemplos y sofismas; denle el veneno hasta en el aire que respire.... y la misma santa caerá, cuanto más una criatura de la cepa de esa infeliz.

—Concedido... por un momento. ¿Lo sabe Pepe Guzmán?

—Lo sabe, y no se extraña de ello... ni debe extrañarse, puesto que él la preparó para esas caídas y para otras que lógicamente han de seguirlas, sin un milagro de Dios. Hasta ahora no es Nica Montálvez, en ese particular, una mujer viciosa; pero llegará a serlo, por educación, como sus amigas lo son y lo han sido por naturaleza. Lo que hace Guzmán es alejarse de ella cuanto puede, pero sin perderla de vista.

—¿Luego algo le queda todavía en el fondo del corazón?

—Por ella, nada absolutamente; pero le queda, a no dudar, por la niña.

—¿De modo que la niña vive aún?

Y es la criatura más angelical, de alma y de cuerpo, que pueda haber sobre la tierra..., y al mismo tiempo el mejor testimonio de que existe en su madre ese fondo de honradez en que no te atreves a creer tú. Cómo y lo que la marquesa quiere a esa niña; la escrupulosidad que pone en su incesante cuidado de que no manche sus alitas de ángel ni un átomo del polvo de las impurezas de aquella casa; de que tenga a su madre por la más amorosa y honrada de todas las madres, y de que no sepa cómo se vive en el mundo a que nació destinada, es imposible que puedas imaginártelo. Se necesita tener un alma de oro para sentir estas delicadezas en medio de tantos vicios... Y basta de crónica, amigo Paco, que ya me has hecho hablar en una hora mucho más de lo que he hablado en todo el año. Créete que me he hecho muy avaro de palabras, desde que he caído en la cuenta de que no las merecen la mayor parte de los hombres a quienes trato. ¡Dichoso tú si piensas todavía de otro modo!

Diciendo esto, se iba incorporando Casa-Vieja y levantándose de su asiento. En seguida pidió su abrigo.