—Séalo o no, siempre será para mí muy de lamentar que no le tocara a la madre tan buen consejero como el que le ha caído en suerte a la hija.

—Pues mira, y a propósito de buenos consejos: no dejes de sacarla de aquí en cuanto tenga edad para ello. Tienes la casa demasiado llena de lobos..., empezando por ti, para que pueda vivir en ella sin dar con alguno esa inocente corderilla. Créeme: estos aires no son los mejores para hacer sangre honrada a los niños.

—¡Ah, si yo pudiera hacer correr los años a mi gusto!

—Pero en tu mano está purificar los aires, que es lo mismo.

—¡Tunante!

—¿Por qué me lo llamas?

—Porque lo eres..., con algo más que no quiero llamarte ahora, porque te lo está llamando la conciencia con mejor derecho.

—¡Injusta! Y ahora, en castigo de tus durezas, mándala venir para que yo la dé un beso.

—¿De lobo?

—Corriente; pero con el corazón entre los labios.