—¡Que no pudiera acabar yo de aborrecerte!
Y vino la niña. Luz se llamaba, y jamás hubo nombre mejor colocado. Todo era luz en aquella criatura: un rayo de sol de primavera sobre un vaso de cristal lleno de rosas y azucenas; luz de las glorias de Murillo, henchidas de ángeles con cabelleras de oro y blancas alitas transparentes; luz irradiaban sus ojos azules; luz sus mejillas nacaradas; luz sus rizadas guedejas rubias; luz los húmedos corales de sus labios sonrientes; luz las mutiladas palabras de su fresca boca; luz el argentino timbre de su voz infantil; y una aureola de luz del amanecer de un día de mayo era la indescriptible expresión de angélica inocencia, de dulce ingenuidad que resultaba del conjunto de todas las perfecciones de aquella cabeza, colocada sobre un cuerpecito que parecía delineado por las hadas de los cuentos orientales.
Guzmán se quedó extático delante de la hermosa criatura: devorábala con los ojos como si no se atreviera a tocarla. Al fin, la tomó en sus brazos; separó después los dorados rizos que caían sobre su frente, y estampó en ella un beso en que debió tomar el corazón mayor parte que los labios, por lo que fue de sonoro, de apretado... y de repetido. Después pidió a Luz que le besara a él; y Luz, buscando lo más despejado de barbas en la mejilla más cercana a su boca, besó allí una, dos y hasta tres veces, y hasta mil hubiera besado sin satisfacer todavía el deseo del cortesano Guzmán, que más que de ello tenía entonces, por su cara dulzona y zarandeando la niña en el aire, de padrazo ramplón del vulgo pedestre. Por último, lejos de soltar a Luz, corrió a ponerse con ella delante de un espejo. La marquesa, que sin decir una palabra, aunque expresando un libro entero con los ojos, había estado muy atenta a la escena de los besos, en cuanto vio lo que estaba haciendo Guzmán, le quitó la niña de sus brazos; llamó a la niñera y se la entregó para que la sacara de allí. Tanto miedo tenía a una imprudencia de su amigo.
Cuando estuvo a solas con él, le dijo:
—De lo que tú buscabas en el espejo, va quedando ya muy poco, y me alegro.
—Te equivocas también en eso: queda todo lo que cabe entre lo divino y lo humano, entre el cielo y la tierra. ¡Qué criatura, Nica! Dios debe de habértela dado, o para tu gloria, o para tu castigo. Cuida de elegir a tiempo y lo mejor.
—¡Miren el diablo metido a fraile!
—Hasta en el diablo cabe un buen consejo.
—¡Pregúntamelo a mí, consejero diabólico! Pero cuando a mí me tuesten por ese pecado, ¿qué será de tu pellejo?
—Dime tú, entre tanto, ¿por qué te alegrabas de que fuera borrándose aquella supuesta semejanza?