En sus últimas excursiones a Francia había buscado mucho, y hallado al fin, en una de sus ciudades, más nombradas, otro refugio donde guardar su tesoro por largo tiempo, cuando le sacara del escondite de Madrid.
Esta ocasión se iba acercando por instantes. Luz había cumplido ya los diez años, y necesitaba completar su educación... y alejarse mucho de su casa, hasta que, determinado y bien definido su carácter, y en completo desarrollo su inteligencia, cultivada en sano terreno, hallara en sí misma la posible fortaleza para luchar contra el enemigo que la aguardaba en el mundo de su madre. Porque ésta, lejos de curarse de sus aprensiones, cada día las agrandaba en su imaginación. En Luz, por raro y singular capricho de la naturaleza, se iban desenvolviendo a un mismo tiempo las bellezas del cuerpo y las del alma: todo crecía en ella con prodigioso equilibrio, sin descomponerse ni desfigurarse. La marquesa no podía considerarlo sin admiración, pero tampoco sin miedo. ¿Hasta dónde podía llegar aquella criatura? ¡Qué flor, y en qué terreno!
Acordada hasta la fecha del viaje con la niña a Francia, la marquesa, por una sucesión de pensamientos muy lógica, volvió su consideración al estado de su hacienda. Había que resolverse a mirar por ella con mayor detenimiento que hasta allí. Las advertencias de Guzmán sobre este caso le parecían muy atendibles. Hablaría con él y se acomodaría a sus dictámenes.
Llegada muy pronto esta ocasión, Guzmán insistió en que el mayordomo sempiterno era la mayor sanguijuela que había en casa.
—¿Cómo se explican entonces sus resistencias a proporcionarme extraordinarios cuando se los pido?
—Creyendo que esas resistencias son la capa con que se encubre para hacer su juego a mansalva. Ponderando mucho las dificultades, se justifican las innecesarias hipotecas, que han sido vuestra ruina y la de todos los perdularios. Para obtener cuatro en el momento, se hipoteca una cosa que vale doce o diez y seis. Llega el vencimiento; no hay con qué pagar lo prestado (lo cual sucede siempre que quieren los mayordomos, con la disculpa de los dispendios de sus señores), y se vende la hipoteca al desbarate. Esto es lo que se buscaba. Ya tiene el prestamista una finquita que vale doce o diez y seis, por poco más de cuatro; la cual finquita se distribuye después, en partes proporcionales, entre el que preparó el negocio y el que le remató; es decir, entre el mayordomo y el usurero...; más claro: entre Simón y su cómplice.
—Pero se le descubrirla el juego hecho así, por la prenda misma.
—No hay tal. Simón tomará su parte en dinero, para invertirlo en lo que mejor le parezca... Por eso es hoy más rico que tú.
—Pero un ladrón, si eso fuera cierto.
—¡Psch!; no sé yo hasta qué punto obliga a serlo la ocasión en que se le está poniendo en esta casa tantos Años hace. Sea lo que fuere, y ya que no te resignas a no gastar más que tus rentas, ni te sea fácil desprenderte por ahora de ese hombre, a cuya mano estás hecha, es indispensable, ante todo, que sepas lo que tienes y lo que debes; y después, que cuando necesites dinero, te le dé un prestamista honrado, entendiéndote con él directamente y con la garantía de tu crédito.