—¡Y qué ahorros para mí!... Pero ya no tiene remedio, y más vale tarde que nunca. A otra cosa. ¿Qué dinero tiene usted disponible?

—¿Para cuándo?

—Para dentro de seis u ocho días.

—Lo más indispensable para los gastos ordinarios de la señora marquesa..., si alcanza.

—Está bien. ¿Queda usted enterado de todo cuanto le he advertido?

—Perfectamente, señora marquesa.

—Pues hemos concluido.

Y con esto y un ademán muy expresivo, hizo entender al sensible mayordomo que estaba de más allí. El cual mayordomo salió del despacho por la puerta de escape, casi andando hacia atrás, y sin que a la vista más sutil le fuera posible leer en su cara enjuta la impresión que le habían causado más adentro las palabras Y la determinación de su ama y señora.

Ésta, en cuanto se quedó sola, escribió una carta en un papel muy majo, muy recortadito en forma apaisada, muy perfumado y con la correspondiente corona por membrete; la metió en un sobre por el estilo, cerrole y copió en él lo mismo que había escrito con lápiz Pepe Guzmán dos días antes al dorso de su tarjeta. Llamó y acudió en seguida un criadito muy guapo y muy bien embutido en su media librea. Le entregó la carta y le dijo:

—Inmediatamente... y que aguardo la respuesta.