—Lo dicho, señor administrador..., y dejemos aquí este punto escabroso, por ahora; que, entre los dos, no es a mí a quien más conviene que no pase adelante la porfía.

—Siempre acatando humildemente los mandatos de mis señores y dueños; pero, salvo el respetable parecer de la señora marquesa, quisiera yo..., me atrevería yo, mejor dicho, a suplicarla que se dignara tener en cuenta que cuando a un hombre, ya encanecido, le abonan treinta y ocho años, bien largos, de incesantes, aunque modestos servicios en una sola casa como me abonan a mí, se puede disculpar..., creo que es de necesidad y de justicia, que este hombre se muestre lastimado de cualquier expresión...

—¿Le han dolido a usted algunas de las mías?

—Si la señora marquesa me lo permite, le responderé que sí.

—Pues me alegro; y si el dolor es tal que no puede resistirle sin el remedio que pretende y yo no le he de proporcionar, queda usted libre, desde este instante, de ponerse en situación más independiente y segura. ¿Me comprende usted?

—Paréceme que he penetrado la idea; y por lo mismo, quiero decir, por el alcance que tiene, me atrevo a recelar que es la señora marquesa la que no me ha comprendido a mí... No quise llegar tan allá...

—Pues como si hubiera querido, o para cuando llegue..., y sin llegar, valga lo dicho, téngalo en cuenta y acabemos.

—Ordene la señora marquesa..., menos que se despoje a este viejo edificio de sus hiedras.

—¡También sentimental y culto! Pues me gusta la imagen, vea usted; aunque yo quizás la hubiera presentado al revés, por parecerme así más verdadera... Abreviando, señor administrador: lo que ordeno es que desde mañana, desde hoy mismo, no ha de haber en mi casa otro dueño de mi hacienda que yo. Usted continuará administrándola como hasta aquí, pero nada más que administrándola. ¿Comprende usted lo que esto quiere decir? Las cuentas, bien justificadas, cada tres meses; y para lo restante, quiero decir, para lo imprevisto, para lo extraordinario que pueda ocurrir, yo sola y como mejor me parezca.

—¡Oh!, si treinta años hace se hubiera tomado en esta casa tan sabia determinación, ¡qué ahorro de sinsabores para el leal administrador!