—¿Y con esta miseria hay que vivir y recobrar lo hipotecado, si no me resigno a perderlo?

—Es seguro, por triste que parezca.

—¡Bien se ha robado en esta casa, Simón, desde la muerte de mi pobre abuelo!

Simón aguantó esta acometida al pecho, con la imperturbabilidad de un soldado ruso; y como si el golpe nada tuviera que ver con él, dijo a su señora compungiendo bastante la voz:

—¡Cuántas veces previne al difunto señor marqués y a la también ya difunta señora marquesa, que cierto sistema de gastos llevaba los caudales a las manos de los usureros, y que caer en estas manos era punto menos que caer en una lumbre!... Después, quisiera yo que recordara la señora lo que costó la irremediable desgracia de su igualmente finado esposo: allí quedó mucho entre los escombros, y casi otro tanto en poder de la justicia, que no deja de ser fuerte de manos para agarrarse al dinero. También espero de la señora marquesa el favor de no haber olvidado algunas indicaciones que oportunamente me he atrevido a hacerla, en cumplimiento de mi honrado deber... De modo, y salvo el merecido respeto, que a este caudal todos han sido a rozarle (valga la comparación, si no ofende) y nadie a reponerle; y así, como sabe muy bien la señora marquesa, hasta las peñas se acaban.

La marquesa miraba de hito en hito a Simón mientras éste iba hablando; pero en Simón caían aquellas miradas, que no eran de miel, como chispas de pedernal en un montón de nieve. En seguida le dijo:

—Insisto en que se ha robado mucho en esta casa; mucho más de lo que se ha gastado en ella..., y hasta sé cómo se ha robado...

—Perdone la señora marquesa que, como administrador...

—El administrador, para cumplir con su deber, no ha hecho bastante con administrar... a su modo, sino que ha debido impedir que otros roben a sus amos..., a los que le daban de comer..., a los que le han hecho rico..., más rico que yo.

—¡Señora!...