Así estaban las cosas, con un pasito más que luego conoceremos, al invitar yo en los comienzos del capítulo precedente al lector amable y pío, a que me acompañara al nuevo domicilio de la marquesa de Montálvez. Reprodúzcole aquí la invitación; y puesto que no la desaira, vamos adentro con todas las cortesías y comedimientos del caso.
Hela aquí, bien iluminada por la luz directa de la calle, aunque templada por la interposición de vidrieras y cortinajes entreabiertos, en el instante de atravesar el saloncillo que separa su gabinete de la elegante pieza que le sirve de despacho. A ver si hay castellana de leyenda que mejor arrastre la fimbria de su vestido; ni que con más lindo ni mejor calzado pie hunda más gallardamente el espeso vellón de una alfombra; ni cuerpo en que mejor caiga una bata de paño de seda gris con encajes de Bruselas; ni curvas de más valiente trazo para lucir las hechuras de una prenda semejante; ni cabeza más airosa sobre cuello mejor colocado.
El despacho era una monada, por lo pequeño y lo primoroso. Parecía el interior del estuche de una joya. Oro, blanco, rosa y azul. No había más colores allí. Azul y oro, en el tapizado de las paredes; oro y blanco, en los muebles de menuda talla, estilo Luis XVI, y rosa, blanco y azul, en alfombras y colgaduras.
En la penumbra del cortinón medio recogido de la puerta de escape hacia el interior de la casa, aguardaba una persona, a la cual mandó entrar la marquesa un momento después de sentarse en el precioso sillón de su mesa de escribir. La persona que aguardaba en la penumbra del cortinón, manoseando suavemente un rollo de papeles, era Simón, que no se dobló en dos mitades al acercarse a su señora, como se doblaba al ponerse delante del difunto marqués, ni se notaron en su cara ni en su voz los reflejos y las inflexiones de entonces. Los tiempos habían cambiado y las circunstancias también; y lo que halagaba mucho ciertas debilidades del padre, no lo aceptaba, por instintivas resistencias, la hija. Simón lo sabía sin que nadie se lo hubiera dicho, y lo había tomado muy en cuenta para ajustar su conducta a los nuevos gustos. En lo demás, el mayordomo, fuera de las canas que habían acabado de blanquearle la cabeza, y cierto sello de contrariedad mal disimulada que se pintaba en su fisonomía, era el hombre de siempre, hasta con la misma ropa.
—La señora marquesa—dijo con voz segura, pero mansa y reverentemente, cuando se le autorizó para hablar—está servida en el encargo que se dignó encomendarme antes de ayer.
En esto, desarrollaba los papeles que traía en la mano, y volvía a arrollarlos en sentido inverso para que perdieran el vicio: eran unos cuantos pliegos en folio, metidos bajo una carpeta bien rotulada. En seguida puso el cuadernillo en manos de su señora.
—¿Está aquí todo lo que yo he pedido?—preguntó la marquesa volviendo la primera hoja.
—Todo—respondió el mayordomo, inclinando el busto sobre el papel y apuntando a la página con la diestra, medio extendido el brazo, siempre a cierta distancia respetuosa—. En el primer pliego hallará la señora marquesa la lista de todas las propiedades y valores de su pertenencia. (La marquesa volvió otra hoja.) En el segundo papel consta, por separado, cuáles de esas propiedades están libres y cuáles no, y qué gravamen pesa sobre cada una de las que no lo están. (Otra hoja vuelta por la señora.) En el tercer pliego verá la señora marquesa un estado comprensivo de la situación actual de los bienes libres, en producto, con algunas observaciones para la debida inteligencia. (Nueva hoja vuelta por la marquesa.) En el folio siguiente está bien especificado, y partida por partida, el número de cargas que pesan sobre los bienes hipotecados, su importe anual y vencimiento de la correspondiente hipoteca. (La marquesa volvió el quinto folio.) Y, por último, en la hoja restante, una sencilla comparación de lo que se debe, con los productos líquidos de lo que hay; y al pie, la diferencia a favor de la señora marquesa. Ajustándome a su expreso mandato, lo he puesto así, cosa por cosa y en papel separado cada una. Me alegraré de haber acertado.
—En efecto—dijo la marquesa—, está todo como yo lo mandé. Puede ocurrir hacer uso de algo de ello, y no hay necesidad de que nadie se entere de lo restante...¡qué tiene que ver! En substancia, y sin meterme ahora a sondar estas llagas de mi hacienda, que ya se hará también, resulta de este triste expediente que mis rentas hoy, reales y efectivas, no pasan de... doscientos sesenta...
—De trece mil duros mal contados—interrumpió Simón, sabiendo que el duro era la unidad monetaria que usaba la marquesa en sus cálculos y libramientos.