¡Sagrario!..., el ruido, la inquietud, la intemperancia, la vehemencia, la sinceridad, la pasión; el día y la noche, la risa y el llanto. La curiosidad seguía devorándola, y la avidez de impresiones la consumía. No había asomo de juicio en aquella cabeza rubia que parecía el capricho de un pintor lascivo, ni tacha que poner a la hechicera envoltura de aquel temperamento tempestuoso.
—Va verás, ya verás—decía Leticia, andando Verónica en vísperas de echarse al mundo—, ya verás como ese cacareado león no es tan fiero como nos le pintan. Algo impone de pronto su mirada, y cierto respetillo infunden sus bramidos; pero con un poco de serenidad y otro tanto de cierta mafia que no ha de faltarte a ti, se le pasa la mano por el lomo y hasta se le pone bozal y se le liman las uñas, como a un falderillo de tres al cuarto.
—Lo mejor es—añadió Sagrario revolviendo un huracán con su abanico—, no tenerle pizca de miedo, aunque ponga en las nubes sus rugidos y te saquen tiras de pellejo sus zarpadas. Así hay lucha, y el triunfo resulta más sabroso. ¿Qué creerás tú que es lo más malo de esta bestia de mil caras? Las mujeres, ¡pásmate! Ahí están los rencores, las envidias y el veneno. Ésas, ésas son las que necesitan látigo y hierro candente: todas, y cada cual por su estilo, son peores. ¡Pero los hombres!: mansos, humildísimos borregos que se gobiernan con un hilo de estambre... No me dé Dios mayores enemigos.
—Según y como se los trate—se atrevió la novicia a replicar a Sagrario, mientras Leticia se sonreía maliciosamente.
—No hay más que un modo de tratarlos, que yo sepa—repuso la rubia con admirable sinceridad—: bien... Pero el caso es que aplicas este mismo procedimiento, generoso y cortés, a las mujeres, y te resulta el efecto contrario; y cuanto mejor te portas con ellas, menos te quieren y más lo disimulan. ¡Si lo sé yo!
—¡Lo sabe! ¡Qué exageraciones!—exclamó aquí Leticia, no sé si por contener a Sagrario, o por irritar más sus intemperancias geniales.
—¡Exageraciones!—replicó la rubia imitando la voz y los ademanes de su amiga—. ¿Por qué? ¿Porque digo lo mismo que estás tú pensando?
—Pero, alma de Dios—repuso la otra—, si aún no hemos cumplido los veinte años, y no hace uno que andamos por el mundo, ¿cómo hemos de conocerle con tantos pelos y señales? ¿Qué sabes tú todavía cuál es bueno ni cuál es malo, tratándose de hombres y de mujeres?
—¡Mucho, muchísimo!—exclamó Sagrario en un arranque de cómica solemnidad—. Y dejemos a un lado los hombres, por ahora, que son unos infelices que no se meten con nadie; ¡pero las mujeres!... ¿Piensas que soy sorda? ¿Tiénesme por ciega? ¿Lo eres tú, por si acaso? ¿Y tantos años se necesitan, andando entre ellas, para observar cuándo sus besos son de judas, y puñaladas sus sonrisas?... Mira, Beronic (la llamaban todos así, en francés, como la habían llamado en el colegio, por quitar el saborcillo sainetesco que teñía su nombre pronunciado en español), y no te lo digo por meterte miedo, sino por todo lo contrario: porque sepas que, providencialmente y porque no aburran por llanos los salones, hay esas escabrosidades en ellos; lo que pasa es esto... y tenlo presente para que no te acongoje al otro día la sorpresa del hallazgo: por llegar, te comerán todas con los ojos; algunas te llenarán los oídos de lisonjas; otras, la cara de besos; tú estarás ruborosa, algo trabada con los estorbos de los elegantes arreos que nunca has arrastrado, y el flamear de los honores con que te reciben en el gran mundo los veteranos de él; pues porque te turbas, porque te trabas, y, sobre todo, porque estás hermosa, te morderán las que te besan, las que te adulan y las que te miran: las unas con la lengua, las otras con los ojos; y si no fueras bonita, te morderían lo mismo por todos estos pecados y por el de ser fea... ¿Te sonríes, Leticia?... ¡Qué pieza eres! Pues mira, ni siquiera le pido a Beronic las albricias del descubrimiento, porque esas cosas las he leído infinitas veces en libros de escarmentados. Lo que he hecho yo es comprobar el caso sobre el terreno, como ha de comprobarle esta novicia, por torpe que sea de oído y de mirada, siempre que haga la observación con un poco de malicia. ¡Pues si llegas a tener ángel para los hombres, y dan éstos en acudir a tu lado!... De risco que sean tus carnes, han de sentir la mordedura de la más blanda de boca.
Leticia soltó aquí la carcajada.