Tenían serias y largas discusiones don Santiago y su mujer sobre el punto referente a la educación de su hijo. ¿Por dónde comenzarían para no equivocarse? Y después, ¿le harían abogado, médico, ingeniero, cura, ministro, general, emperador..., pontífice?... Porque los alientos de los padres alcanzaban a todo eso, o poco menos, y los merecimientos que suponían en el hijo, a mucho más.
Por de pronto, le matricularon en San Isidro; y después, curso tras curso y con regular aplicación y bastante aprovechamiento, llegó el estudiante a las vísperas del bachillerato al cumplir los catorce años de edad. Tenía entonces su padre cincuenta y cinco, y su madre..., ¿quién era capaz de saberlo, ni para qué cansarse en averiguarlo? La Esfinge lo parecía ya de verdad; y cuando se llega a ese estado de petrificación y de dureza, se vive una eternidad, y no se cuenta por años, sino por siglos, como para los monumentos de los Faraones.
Hacia aquellas fechas (no las de los Faraones) fue cuando don Santiago Núñez escribió a la marquesa de Montálvez la carta cuya substancia conocemos.
Hablando del suceso largamente, llegó a decir la Esfinge:
—Otra nueva trapisonda tenemos. Basta con oler la carta para convencerse de ello. Todas esas mujeronas huelen a lo mismo.
Y don Santiago se reía como unas castañuelas, porque era así. Estaba embutido en su sillón, con la pierna derecha entrapajada por la rodilla y descansando sobre una banqueta.
Buena ocasión era esta para describir el físico del droguero, y en ese deber estaba yo, y a cumplir con él iba ahora mismo; pero me obligan a renunciar a esa tarea las mismas condiciones del sujeto: no hay por dónde tomarle para que resulte pintoresco, porque era la misma insignificancia el bueno de don Santiago Núñez.
Estando en aquellos comentarios ya largo rato hacía el matrimonio, hízose anunciar la marquesa; y poco después entró, llenando el despacho de fragancia, de crujidos de seda cara, y de esa luz especial que irradian, en las moradas tristes y descoloridas, las mujeres hermosas y elegantes.
La Esfinge no se movió de su pedestal ni dejó de hacer calceta; y sólo dio señales de vida para responder a la ceremoniosa cortesía de la marquesa con un gesto no difícil de traducir en palabras para los que estaban avezados a leer en aquel arranciado pergamino. El gesto quería decir:
—¡Pufff!... ¡Qué Peste!