V

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Y como don Santiago no podía levantarse de su asiento sin gran trabajo, no hubo allí quien presentara una silla a la marquesa, la cual se sentó, muy campechana (porque afortunadamente era mujer de gran correa para esos lances), en la que, entre excusas y hasta cabriolas, le ofreció el aturdido reumático desde su potro de tortura.

—¡Oh, señora marquesa!—decía don Santiago, tambaleándose entre el escritorio y el sillón—: si yo hubiera sabido..., si pudiera presumir que esta casa había de ser honrada por usted y no por otra persona de su confianza, yo me habría prevenido, habría esperado, y en la sala, como es de...

—Gracias, gracias, señor de Núñez—respondía atajándole la gran dama, entre sonrisas picarescas—; no tiene usted por qué lamentarse: lo conozco todo; me pongo en todos los casos.

—La rodilla, señora, esta pícara rodilla que no me permite levantarme de pronto, ni andar sin muchísimas dificultades—añadía don Santiago, que todo le parecía débil para excusa de su falta—, y hasta la poca salud de mi esposa (y señalaba hacia ella), que también la impide...

—Nadie ha incurrido aquí en falta más que yo—repuso la marquesa, mirando tan pronto muy risueña hacia el reumático, como con asombro hacia su mujer, que no chistaba—; yo, que he venido a molestar a ustedes sin tener esos inconvenientes en cuenta...

—¡Molestarnos usted, señora marquesa! ¿Cuándo más honrados ni más...?

—Me parece—apuntó aquí la Esfinge con su voz de fantasma—que sin tanto cumplimiento nos entenderíamos mejor y mucho antes.

La marquesa cayó en un nuevo asombro al oír la voz de aquella estatua; y si hubiera sabido con qué mote se la conocía, quizás habría tomado la cosa más en serio, creyéndose transportada a los tiempos fabulosos.