—Corriente... Supongamos que tienes muchas cosas envidiables, contándote el genio entre ellas; pero lo de la calumnia... ¿Es calumniarte el decir que estás ocupado en enseñar la doctrina cristiana á un hombre que no la sabe? ¿Es calumniarte el creer que te tira más la vocación de marido que la de cura, y que por eso, y no por asegurar mejor la puchera, has ahorcado los libros del seminario? Mozo eres, intonso y libre hasta la hora presente; Inés... ¡no te digo nada!: no hay mejor acomodo que ella en veinte leguas á la redonda; y en cuanto al hecho en sí, el apóstol lo dijo: melius est nubere quam uri... ¿por qué, con todo esto por delante, te emberrenchinas, Marcos? Y si un poco me apuras, ¿qué más quisieras tú?
Marcones, mientras el cura le cantaba estas verdades, pensaba que aquel día había sido de los más aciagos para él. Acababa de averiguar en la casona que, en su juego con Inés, no había ganado una sola baza; y por don Alejo, no solamente que se le había descubierto el juego, sino que se le veían las cartas. Además, el cura se atrevía á reirse de sus latines y de sus espeluznos. Esto, con su poca serenidad, le produjo grandísimo embarazo. No sabiendo cómo salir de él airoso y de frente, echó por la puerta falsa, contentándose con replicar á don Alejo estas palabras solas:
—Y ¿adónde quiere usted ir á parar con todo eso?
—Á ninguna parte, hijo del alma—le contestó en seguida el cura.—Á lo sumo, á lo sumo, á decirte que no veo de malo para tí en el negocio de tu nueva vocación, más que una cosa.
—¿Cuál?
—El que está muy duro de pelar, y que no vas á salirte con la tuya.
Si Marcones pensó corresponder, á su manera, á esta frescura de don Alejo, no es cosa averiguada; pero lo que no tiene duda es que viendo venir de hacia Los Castrucos á don Elías, tomó pretexto de ello para suspender la conversación y apartarse de allí más que de paso.
Apretó el suyo el médico; y en cuanto alcanzó al cura, se le puso al costado y le sopló al oído estas palabras:
—¡Floja es la castaña que le van á dar en casa del Berrugo á ese gandulote! Ya sabe usted que anda buscándole el gato casándose con Inés, con la ayuda de la culebrona que manda allí. Pues bueno: ¡Inés no le traga ni en píldoras! Ella misma me lo ha confesado.