—¡Toma! Eso por entendido se calla, Marcos. Bien lo sabes: perro ladrador... amén de que no hay una cuesta abajo sin una cuesta arriba... Y no te ofenda tanto como parece por las señales, esta idea que tengo de tus agallas; porque, después de todo, con el ropaje que vistes, mejor te sienta el aire de cordero que el de tigre... Y ahora, para fin y remate de la porfía, te pregunto en santa paz: ¿te lo cuento ó no te lo cuento?
—¡Repito que sí!—respondió Marcones devorando oleajes de ira.
—Pues allá va con tu venia y la salvedad consabida. Han notado las gentes, que, de mes y medio acá, no sales de la casona. Esto es visto y no hay que negarlo. Con este motivo, que es muy de notarse por lo nuevo, ya que no por otras razones, han afirmado unos que se trataba de lo que antes te dije: de convertir á Dios al amo de la casa, y que ya llevabas la obra de misericordia en buen camino. De esto no hay nada, desgraciadamente, según tú mismo me has asegurado. Pero dicen otros, porque ven á Inés muy peripuesta y hacendosa, como también la he visto yo, y porque creen saber que tú la das lecciones de escritura y no sé si también de Teología, y porque sacan la cuenta de que te saliste del seminario antes de que se cerrara, que si has ahorcado los libros en definitiva, y trocado la vocación de sacerdote por la de yerno de don Baltasar Gómez de la Tejera, por mal nombre el Berrugo.
—¡Falso, falso!... ¡Un millón de veces mentira!—bramó aquí el mozón de Lumiacos, salpicando el chaleco del pobre cura con las espumas de su rabia. No le cabía en la calleja.
El cura, con las dos manos sobre el puño de plata de su bastón, le miraba con los ojos muy fruncidos y la boca entreabierta. En seguida le dijo con mucha calma y sin dejar de mirarle:
—¡Lo propio que la otra vez, y dos cuartos de lo mismo! ¡Y mira que si el primer supuesto te honraba, éste te pone en las nubes!... ¿De qué color han de ser las cosas que se te cuenten para que no te saquen de quicios, hombre? Te aseguro que si mordieras como ladras, el demonio que se te pusiera delante...
El de Lumiacos, habiendo llegado el paroxismo de sus furores mudos, entró en el período del jadeo fatigoso, que era lo que en tales casos le acontecía siempre, y dijo al cura, entre silbidos del resuello:
—Le repito á usted que aquí hay gentes que se gozan en calumniarme... ¡por envidia!
—¡Por envidia!... ¿por envidia de qué?—le preguntó el cura tan fresco y sosegado.
—De... de muchas cosas,—respondió Marcones.