—Nada—respondió el cura,—si el decírtelo ha de ser motivo para que te amontones.
—No me amontonaré... ni me he amontonado jamás... ¡Venga eso que se dice y necesito saber yo!
—Pues si como relampaguea ahora truena luégo, ¿quién diablos va á parar aquí en cuanto yo empiece á hablar?
—Señal de que no me honra mucho la noticia.
—Bien te honraba la de antes, y mira cómo te pusiste: no hago ahora más que anunciarte la otra, y ya me la quieres sacar del cuerpo con las uñas.
—No hay que exagerar, don Alejo: no llevo las cosas hasta ese punto... Tengo muchos enemigos en este pueblo...
—¡Tú?
—Yo, sí, señor; y por donde quiera que ando, porque la malquerencia, la ignorancia y la envidia, son de todas partes; tengo también, por desgracia ó por fortuna, mi genio y mis prontos correspondientes; y cuando las cosas y los dichos se combinan de cierta manera, no es de extrañar que uno salte de improviso aparentando lo que no es en realidad... Conque hable usted con franqueza, y vaya perdiendo sus temores á lo que pueda tronar...
—Hombre, tanto como temor á eso, nunca le he sentido, Marcos: la verdad por delante. Una cosa es que me duela verte hecho un jabalí por puntos de poco momento, y otra muy distinta el que me tengan sin pizca de cuidado esas corajinas que te ponen verde y con los ojos en llamas... En fin, que se me da por tus fierezas lo propio que por tus latines, y que no quiero aspavientos ni voceríos sin necesidad y en medio de la calle. De esta casta son los temores que yo tenía.
—Pues de esos mismos temores hablaba yo, señor don Alejo—contestó Marcones con una sonrisa forzada y los carrillos temblando;—y no podía hablar de otros, refiriéndome á un sacerdote á quien por su corona y por sus canas debo respeto, sin contar con que yo no me como á nadie con canas ó sin ellas.