—Aunque no he metido barba en cáliz, me sobran tres cuartos de lo que sé, para saber el doble de lo que bastó á otros para meterla...
—¡Miren el sabijondo que respeta la corona del insipiens, si tira bien á dar en medio de ella!... No, y en parte no te falta razón para echar tanto humo por la chimenea; bien dicho te lo tengo en otras ocasiones: desde que vosotros andáis en el mundo, arrastrando por los callejones los manteos y con la cabeza muy alta, cada aldehuela es un criadero de santos para la corte celestial. ¡Y todo por obra de ese puñado de teologías que habéis adquirido arañando por encima un compendio del padre Perrone, que nunca saludamos nosotros los ignorantes morralistas del padre Paco!... ¿No es así como nos llamáis los doctores de similor á los pobres curas de misa y olla?... Vaya, y que no es poca ganga la que tiene un feligrés destripaterrones, con un párroco que, para entretenerle el hambre y las pesadumbres, le suelta un zoquete en latín, para convencerle de que sabe mucho de communi Theologorum consensu, de potestate clavium y de otras graves materias de Locis theologicis, ó se dispara con un pedrique muy superferolítico, estudiado de memoria en el sermonario de Juan ó de Pedro, como le pudiera estudiar yo, que no entiendo una palabra de esas retóricas de púlpito. Con esto, y con pensar que le hace un gran favor hasta en cada misa que celebra, y que el curato es un patrimonio fundado para él, y que á nada le obliga la investidura por ley de mansedumbre y caridad, ya puede afirmar, con la cabeza muy alta, que si no está coronada con una mitra, es porque no hay justicia en la tierra... ¿Te escuece lo que te digo, eh? Pues mira, lo siento, porque no va con esa intención, aunque bien pudiera ir si fuera yo algo vengativo... En prueba de que no lo soy, te añado ahora que admito excepciones, y muchas, en lo que quizá has tomado por regla general, y que conozco algunas ejemplarísimas que lo son por haber sabido suplir con modestia, humildad y desinterés, la ciencia, la educación y el conocimiento del mundo que les faltan; excepciones que tú, con la leche entre los labios todavía y los cuatro libracos del seminario á medio digerir, no has hecho nunca al hablar de nosotros, ni siquiera por la consideración, de cortesía, de que tengo setenta años y llevo cuarenta en esta parroquia, donde si no he formado grandes santos para Dios, tampoco enemigos para el cura que, aunque pecador, no tiene otro vicio que el de echar una calada mar afuera, cuando el tiempo y las ocupaciones se lo permiten, y le da el Lebrato un rinconuco en la barquía... Y déjame que me dé á mí mismo este poco de incienso, aquí donde nadie nos oye, si no es Dios que sabe por qué lo hago...
Marcones, que estaba hinchado como una vejiga de hieles, había amagado al cura, durante su reprimenda, con más de dos estampidos; pero la serenidad y la mímica de don Alejo habían logrado contenerle. Así es que cuando éste acabó de hablar, el mismo estrago de la interna lucha tenía rendido al iracundo seminarista. Con ello y algo que, al fin, le imponían los años y la investidura del párroco, limitóse á decirle ¡eso sí! con el ceño hecho una tempestad y después de tragarse un bramido de la que le andaba por dentro:
—No es ocasión ésta de que se ventile como se debe el punto que acaba de tocar usted; por lo que renuncio á decirle algo siquiera de lo mucho que se me ocurre en nuestra defensa. Otra vez será...
—¡Lo ha sido ya tantas otras!—exclamó don Alejo.—Sólo que hoy me ha dado á mí por hablar un poco más de lo que suelo cuando te oigo predicar desde tan alto.
—¡Es que el punto merece ventilarse!
—¡Quiá, hombre, quiá! Si á mí me tienen sin cuidado esas cosas. Una vez, y acabóse. Pues dígote, ¡y á mis años! Cayó la pesa ahora... y por eso... Y entiende que lo que me has oído no te lo dije para convencerte, sino en respuesta á otros dichos tuyos que no te he oído hoy por primera vez... ¿Me entiendes? Bueno. Pues hazte la cuenta de que no te he dicho nada, y volvamos al principio: te aseguro que pondrías una pica en Flandes catequizando al Berrugo, y que lo celebraría yo lo mismo que si la hazaña fuera mía. Palabra de honor.
—Y yo le repito á usted—respondió Marcones entrando en la materia de muy mala gana,—que es falso ese decir de las gentes.
—Vaya—replicó don Alejo como si le contrariara un buen deseo la afirmación;—pues, en ese caso... será más cierto lo otro.
—¿Cuál?—preguntó el seminarista alarmándose de nuevo.