—No es verdad,—respondió Marcones después de pensarlo un poco.
—Parece que te cuesta decirlo, como si la afirmativa te pesara. ¡Tendría que ver, Marcos!
—¿Cuál?—preguntó éste volviendo á palidecer.
—Que fuera verdad lo que se dice, y te doliera el confesarlo... por humanos respetos... No seas bobo: «hágase el milagro, aunque le haga el diablo.»
—Eso es tanto como decirme que me falta competencia para meterme en tal cosa, si se me hubiera antojado.
—No es verdad.
—Ó derecho...
—¡Tampoco!
—Pues algo por ese arte ha querido usted dar á entender con el refrán del milagro... Y en este punto, señor don Alejo, y con el respeto debido á su corona y á sus canas, ya sabe usted que no me coge los dedos entre la puerta. Hay aquí (y se golpeaba la cabeza) metralla de sobra para vencer en batallas como esa y otras mucho más gordas... ¿usted me entiende?
—¡Anda, morena!