—¿Veslo?—dijo el párroco dando un paso atrás.—Ya se te fué la burra, y todavía no te he hecho la pregunta, en rigor de verdad.

—¡Repito que es falso el supuesto!

—Corriente, hombre, corriente; pero conste que me das la respuesta antes que yo te haga la pregunta. Y ahora te digo que tienes bien poca correa, cuando te sulfuras por una cosa de que debías envanecerte si fuera verdad.

—¿Y cuál es esa cosa, señor cura?—preguntó Marcones con sorna.

—¡Ahora escampa!—exclamó don Alejo fingiéndose muy asombrado.—Pues si no la conoces todavía, ¿por qué la has dado por falsa y te ha ofendido hasta el supuesto de que sea la pura verdad?

Conoció entonces el arisco estudiantón que se le había desbordado la bilis algo más de lo que el caso pedía, y trató de encauzarla, no tanto por el bien parecer, cuanto por poner á don Alejo en ocasión de aclararle lo que se decía por el pueblo, que bien pudiera no ser lo que él se había figurado. Con este propósito le replicó, dulcificándose cuanto pudo:

—Dejémonos de bromas, señor don Alejo, y dígame claro qué obra de misericordia es esa que se me atribuye.

—Sea todo por el amor de Dios—dijo á esto mansamente el cura después de carraspear.—Pues se dice, Marcos, que andas enseñando la doctrina á cierto feligrés mío que siempre fué muy duro de pelar.

—¿Á qué feligrés?—preguntó el seminarista, más tranquilo viendo por dónde iban las suposiciones del cura.

—Á don Baltasar—respondió éste.—Pues mira—añadió,—ya me diera yo con un canto en el pecho porque lo consiguieras. Por lo que á mí toca, muchas veces he intentado echarle hacia el buen camino, y nunca pude hincarle el diente. Conque ¿es verdad ó no?